miércoles, 1 de mayo de 2013

Hasta aquí podíamos llegar

Es por todos bien sabido que la distancia es uno de los factores más clave y que delimitan con más fuerza y precisión nuestras vidas. Estamos cansados de ver, oír, leer, a lo largo de nuestra propia historia, multitud de otras muchas en las que se alude a ella como un problema. Como una barrera. Amores que se truncan por la distancia de los enamorados. Familias que se ven obligadas a separarse, y la distancia les hace sufrir. Ya lo decía Marco: "No te vayas Mamá, no te alejes de mi ; adiós Mamá , pensaré mucho en ti". Nos cuesta asociarla como algo positivo. Esto se debe principalmente a que nunca la asociamos con nuestro enemigo, ni siquiera nos lo planteamos. Solo echamos de menos a quien queremos. ¿Qué incidencia tiene esta separación en el periodismo? De lo que aquí reflexionaré no es de distancia física, si no mental. Les explico ahora.



Siempre ha sido un tema candente, de eterno debate, de dilatada opinión, la separación que debe tener el periodista con el tema que trata o con la persona a la que se acerca. Como digo, multitud de ensayos, escritos por expertos en la materia - en el periodismo quiero decir- han tratado de aclarar y precisar la cuestión. ¿Es bueno para un periodista ser amigo de un político? Y cuando hablamos de un político, simplemente queremos decir una fuente de información, esta vez elevada al máximo exponente de importancia. ¿Es buena esa costumbre de irse a tomar un café con tu confidente? En mi opinión es aquí donde se ve al informador de verdad. Ese que no tiene reparos para decir que "No". Bien es cierto que la cercanía con el entorno debe ser un objetivo claro para el profesional, pero no a cualquier precio. Se ven enfrentadas dos posturas. ¿Es preferible ser buen periodista o buen amigo? En la moral de cada uno está la respuesta de lo que se debe hacer. Si no te gusta el café te ahorrarás muchos problemas.

No quiero incidir solo en la distancia con el personaje. Me parece muy interesante la relación de alguien con lo que cuenta. Y aquí además de al periodista, incluyo al escritor. Si partimos de la base de la honradez, considero que aquí la distancia -poca- simplemente puede ser algo positivo. Sentirse identificado con un tema ayuda a comprender, a valorar, a razonar, a contar las cosas en su justa medida. Ponerse en el lugar del otro facilita contar los hechos de la forma más real posible. Si el asunto te emociona, te toca la fibra, serás el mejor capacitado para construir una historia preciosa. Aquí entra el juego el trabajo del escritor. Creo firmemente en que ninguna historia, por muy inventada que sea, por mucho que se ponga a un extraterrestre como protagonista - quiero poner como ejemplo lo menos real posible - estará exenta de una parte, quizá muy íntima, de su creador. Lo que mi corta experiencia me afirma totalmente es que la escritura libera como lo hacen pocas cosas en la vida, que para iniciarse en este campo no hay mejor forma que vaciar tu ser por completo en forma de palabras ordenadas, una detrás de otra. La distancia entre el escritor y el escrito es fundamental, y cuando digo que es fundamental, no quiero decir que tenga que ser mucha, si no que uno debe ser consciente de si es mucha, poco, o si existe realmente. Uno debe calcularla y adaptarla... ¿Hasta aquí podíamos llegar? Eso solo lo sabe uno mismo.

lunes, 15 de abril de 2013

Lo entendible y lo justificable

Entramos en terreno fangoso. Nos metemos en camisas de once varas. Esas expresiones y otras muchas son las que podemos usar cuando tratamos un tema que concierne a la moralidad humana. Lo que está bien y lo que no. Lo que la sociedad considera adecuado, lo aprueba, lo ve como algo realizable y aprobable, e incluso plausible; y lo que detesta, lo que ve atroz, y le da miedo, lo que le provoca pánico solo de pensar que se pudiera llegar a dar. Lo que es importante señalar y conocer bien, es que las cuestiones morales es algo muy cambiante, por mucho que los dogmas digan lo contrario. Podemos hablar de un relativismo moral -no confundir con el relativismo cultural- que nos hace ver que no existe una moral universal y eterna. Todo depende del cómo y del cuándo. Del por qué y del quién. Un problema grave que tiene nuestra sociedad es que no sabe situar las cosas en su contexto. Ver los hechos de una forma aislada priva de esa coraza, ese envoltorio tan importante. Un pez es eso, un pez, mientras está en el mar, mientras que si lo sacamos fuera de su hábitat deja de serlo para convetirse en pescado. Lo mismo sucede en nuestro día a día. Hay que diferenciar el pez del pescado.


Sí, el asunto fundamental por el que escribo esto es por los escraches. Por toda la polémica generada alrededor de ellos, el ruido terrible que están produciendo en los medios de comunicación -lo que es señal inequívoca de su éxito- y por el debate surgido: ¿Son adecuados? ¿Son democráticos?. Hemos podido encontrar opiniones de todo tipo, desde la izquierda más radical que puede llegar a defender la violencia como método de extorsión, hasta la derecha más reaccionaria, en la que pongo como cabeza visible a María Dolores de Cospedal, que ha calificado esta práctica como "nazismo puro". Por supuesto siempre encontraremos opiniones más moderadas, a medio camino entre el blanco y el negro. Pero ahora intentemos hacer un ejercicio de imaginación -espero que usted que lee tenga que hacerlo y no simplemente mirar su presente-. Póngase en la situación de una persona que ha sido engañada. Que como consecuencia de este engaño ha perdido su hogar. Imagine su vida sin la seguridad de su casa. Además, de todo esto, le culpan de una situación que no ha generado, y en lugar de tenderle la mano le hacen todo más difícil. Ah, y le llaman terrorista o nazi. Cuando haya conseguido asimilar esto, siga leyendo.

Hace tiempo aprendí una enseñanza que ma parece básica para comprender lo que nos rodea. Hay hechos que a lo largo de la historia no podemos calificar como buenos o malos. El baremo que hay que utilizar es otro. Se debe usar el de lo entendible y el de lo justificable. Les pongo un ejemplo. Hoy en día nadie vería lógico quemar una iglesia, al menos nadie en su sano juicio. Sin embargo, fue una práctica habitual durante un período -malísimo- de nuestra historia. ¿Que estuvo mal? Sí, sin duda. Pero poco importa si estuvo bien o mal. Lo que realmente hay que valorar es que era entendible, perfectamente comprensible que un campesino se levantara en armas para defender lo suyo. Que estando en su situación, explotado por unos religiosos que no se representaban ni a si mismos, un pobre hombre, que se moría de hambre y veía morir a su familia, hiciera algo "malo" para una persona del año 2013. Sí, para mí es entendible.

No obstante, y volviendo al tema de los escraches, he de decir un par de cosas. Para mí hay muchas cosas que no son justificables. Para mí, no es justificable que en un escrache se llegue a la violencia, ya que no lo considero necesario para el objetivo que persigue, y además les despoja de cualquier razón. Para mí, no es justificable que desde la misma política no se dude de criminalizar a la gente que lucha por lo que es suyo, más aún cuando lucha por la inoperancia que ofrecen ellos en su cargo. Y hay cosas que aparte de no ser justificables ni entendibles, no son admisibles bajo ningún concepto. Echar más gasolina al fuego con ciertas declaraciones puede ser muy peligroso. Peligroso para los de arriba, sobre todo, que parece que no se dan cuenta de que su poder se tambalea a pasos agigantados, y que cada vez es menos la gente que agacha la cabeza o se sobresalta cada vez que alguien "mea fuera del tiesto". Cuidado.

miércoles, 10 de abril de 2013

Enrique Ortiz: El puro que contamina la realidad


Nos encontramos en un proceso de nuestra historia contemporánea en la que la justicia es protagonista. Puede que esta relevancia la comenzara a tomar desde que el monarca Juan Carlos I lanzara al aire una premisa tan impactante como lógica, por otra parte: Tomos somos iguales ante la ley. El otro punto que completa este círculo es la imputación de la Infanta Cristina por el caso Nóos. Pero este no es el único proceso judicial abierto de gran calado, por desgracia hay mucho más. Lo podemos observar con Gürtel, los ERES en Andalucía, los sobres de Bárcenas, las cuentas en Suiza de la familia Pujol, y, a nivel más local, pero no menos importante, el caso Brugal, que afecta directamente a Enrique Ortiz. Con este panorama no es de extañar que la ciudadanía valore la corrupción como una de sus máximas preocupaciones por detrás del paro. Sin embargo ponerse a analizar todos estos casos sería tan aburrido como improductivo, y ya que aprendí de un maestro como Woody Allen que de lo más cercano y particular se obtienen las teorías más universales, me centraré en el individuo que tienen ustedes al comienzo, fumándose un purito. Además, la actualidad me respalda.

Digo que la actualidad me respalda porque hoy se ha conocido que el Consorcio del Plan Zonal de la Vega Baja ha adjudicado la gestión de los residuos a Enrique Ortiz para los próximos doce años. El resultante final de la operación permitirá ganar al empresario de Alicante la friolera de 500 millones de euros. Lo sorprendente -o no- es que la empresa de Ortiz ha sido la única que ha optado a encargarse de dicho servicio, no ha tenido competencia alguna. Poniéndonos en antecedentes comprenderemos que esta situación no es novedosa en absoluto. Enrique Ortiz ha sido durante más de una década el máximo accionista del Hércules CF, haciéndose cargo como favor personal al entonces alcalde de Alicante Luís Díaz Alperi. Se le permitió la recompra del estadio José Rico Pérez, con unas condiciones en el contrato incumplidas posteriormente (se reflejaba entre otras cosas la obligación de una reforma total de la instalación que solo ha sido parcial y ridícula, como podemos ver en el deterioro de los focos de iluminación). También hay que señalar le fue concedido un préstamo de 18 millones de euros por parte del IVF el cual no ha sido devuelto ni se ha aclarado su destino. 

Además, este empresario -es mucho más- se encuentra imputado en el caso Brugal.Todo proviene de su amistad con la alcaldesa de Alicante Sonia Castedo, y la ventaja que ésta supuestamente habría proporcionado a Ortiz a la hora de conocer los cambios en el PGOU - Plan General de Ordenación Urbana-. Esta información es la que habría permitido que Ortiz pudiera acceder preferentemente a ciertas concesiones para sus empresas. El plan Rabasa, la construcción de Ikea, son polémicas que se hacen eternas en Alicante. Por todo esto no es extraño que sea un personaje reconocido en la ciudad , sobre todo si añadimos su curiosa personalidad: es prepotente, no duda en pavonearse de su éxito y sus supuestos logros, de lengua fácil, habla antes de pensar, lo que podemos calificar como un bocazas.

Así, es hora de analizar qué es Enrique Ortiz, qué genera su figura, y en especial por qué existe. Empezaré por el final. Ortiz es un residuo de la democracia española. Puede que algunos lo consideren un legado de antaño, de la época de los caciques, o una herencia de una larga dictadura. No obstante, yo le considero una figura formada a la par que el nuevo comienzo que dio España en 1978. Es un figura paralela a Jesús Gil, ya desaparecido, que dio paso a otros como Julián Muñoz o nuesto protagonista. Y si creo que es producto de lo peor que puede dar nuestro sistema es porque vive amparado por las instituciones. El del purito no necesita vivir al margen de la ley, no necesita llevar gabardina, sombrero y camuflarse. Es un personaje público, que se pavonea delante de todos sin miedo o complejo alguno.

Cuando un trabajador normal y corriente se levanta por la mañana y escucha o lee la noticia de las contratas de basuras, pierde la confianza en el sistema. Por eso es tan perjudicial la existencia de Enrique Oriz, porque al margen de si ha cometido algún delito o no, aparte de ese supuesto daño, rompe totalmente la conviviencia. Contamina la sociedad. Este caso es aplicable a cualquiera de más envergadura, a cualquiera de los muchos casos que hay a nivel nacional. Alguno se pregunta si Enrique Ortiz se presentaría a alcalde. Es obvio que no, y lo peor de todo es que no lo necesita. Como hemos dicho antes es capaz de estar sin estar, de decidir sin tener el voto de nadie para hacerlo. La capacidad de poner en duda todo y contaminar la realidad.

viernes, 5 de abril de 2013

Homenaje al cine, y a los que aman lo que hacen


No sigan leyendo si no le han dado antes al play. Sin duda alguna lo que yo pueda escribir a continuación no está a la altura de lo que esa música les puede ofrecer. Les recomiendo que si deciden seguir leyéndome, lo hagan al compás de lo que ofrece Ennio Morricone. Yo escribo estas líneas con esos acordes de fondo. Se trata, como ya habrán podido imaginar, u observar, de la banda sonora de 'Cinema Paradiso'. Comenzaré indicando que la música está a la altura de la película, y eso es mucho. Pónganse cómodos.

Les confesaré algo. A la hora de pararme y escribir sobre una película, he de hacer un esfuerzo bestial por buscarle defectos. Esto se debe a que si me digno a escribir sobre ella, es que me ha cautivado, me ha sorprendido y gustado mucho. Sí, 'Cinema Paradiso' me ha encantado, y como no quiero ser predecible me he estrujado los sesos en buscarle las cosquillas. Lo que primero se me ha venido a la cabeza es que no es una película difícil, que presente un entramado complejo para el espectador. Es más, podemos decir que está hecha a la medida del que se sienta a verla, como un traje a medida, para que le siente bien, cómodo y sin errores de costura. Cuidado, algunos pueden considerar esto como todo lo contrario a un defecto, lo que deja a las claras que la altura de la película es incuestionable.

Así, les hablaré algo de la narración y del argumento. Me ha agradado especialmente la forma de contar los hechos, con retrospectiva. Todo comienza con nuestro protagonista ya adulto, que recibe la noticia de la muerte de un tal Alfredo. Será esto lo que le lleve a recordar su pasado, su infancia, su pueblo, su cine, a él. Y nosotros lo recordaremos con él, en una visión que emociona desde el principio. Al principio la relación de Totó -nuesto protagonisya- con Alfredo me recordó a la del niño de 'La lengua de las mariposas' con su maestro. Este hombre que hará de su guia particular es el encargado de poner las películas en el cine del pueblo. Cuando digo que será su guia, me refiero tanto a la hora de enseñarle su oficio, como en la vida. Es digna la evolución del trato entre uno y otro, que llega a un cariño y respeto mutuo incuestionable. En la película hay una historia de amor presente, pero lo siento, a mí no me ha llamado la atención especialmente.

Pero ante todo, 'Cinema Paradiso' es una película de homenajes. Como he dicho antes, no pretende ser complicada, sino dar gustazos. Homenajear a esos currantes que se pasaban horas y horas con una dura manivela para que la gente pudiera ver las películas. Homenajear a los que lucharon contra la censura en las películas -aquí se da un verdadero homenaje al final-. Homenajear al cine en general y en particular, a todos esos clásicos, a los actores, actrices y directores, al cine como espacio y también, como medio de vida. Al cine como sentimiento, como arte, como música, como talento. Y por supuesto, es un gran homenaje a los soñadores, a los que hacen lo que aman, a los que tienen la bendita suerte de ejercer en la vida lo más les gusta con una sonrisa en los labios. 'Hagas lo que hagas, ámalo' es el aprendizaje que nos podemos llevar de 'Cinema Paradiso'.

viernes, 29 de marzo de 2013

Sombras


Hay artículos que decides escribirlos sobre la marcha, porque los consideras interesantes, de actualidad, notorios y que pueden ofrecer un punto de vista particular. Otros, como el que estoy comenzando a escribir, te vienen con una fuerza e impacto sobre ti mismo que no te ves en otra opción que darle contenido y forma. Como diría Juan José Millás "se cruzan violentamente en tu existencia". Te arrollan y en ocasiones -como ésta- uno se ve en la tesitura de tener que ordenar sus ideas. Por esto, escribir estas líneas me ha llevado más tiempo del que creí en un principio. Pero he de decir que si ha sido así es porque necesitaba madurar mi visión y, cuando ya estuviera lo suficientemente formada, dejarla caer del árbol de mis ideas directamente hacia mis dedos y que rodara camino de algo más real. Sombras de una realidad.

Lo que me ha inspirado -y me inspira- para ponerme en marcha es la imagen que pueden observar al inicio. Yo lo he llamado imagen como la podría llamar fotografía, pero sin duda es mucho más. Como mínimo, se trata de mi visión. Y es que ésto es lo que vieron mis ojos cansados y mañaneros cuando giré la cabeza en mi clase de la universidad. Aparentemente, no se trata de nada destacable. Cuatro cazadoras de cuatro estudiantes. Dos pertenecen a dos chicos, y las otras dos pertenecen a dos chicas. Dos son más grandes que sus compañeras. Si nuestra ocupación es describir objetivamente la imagen poco más podemos añadir.

Sin embargo, yo vi bastante más. Mucho más. Me vi en la necesidad de fotografiar la escena. De preguntar a mis compañeros qué veían ellos ahí. Nada, era su respuesta. Quizá estaba loco, pero a mí me transmitía algo único. Y como me han dicho más de una vez que la mejor forma de saber lo que uno piensa es escribiéndolo, a ello voy. Lo que primero me llamó la atención fue la negritud que transmitía la escena. La profunda oscuridad que presentaban esas chaquetas. A continuación lo relacioné con el luto. Y ciertamente no me pareció descabellada la idea. Tal y como estos días de Semana Santa se vive un luto profundo en muchos sectores creyentes de nuestra sociedad por la muerte y resurrección de Cristo, yo vi perfectamente a aquellos alumnos yendo de luto a clase. 

Sí, vi el luto, vi la decepción y la tristeza de una enseñanza que también se ve sacrificada por los hombres al igual que Cristo se vio rechazado, traicinado y sacrificado-salvando las distancias, que no se me enfaden los creyentes-. Creo que llegué a ver a los alumnos colgados de las perchas, quizá ahorcados o crucificados. Todavía no tengo claro si alguien les puso en esa posición o fueron ellos mismo los que decidieron cortar por lo sano. O puede que me equivocara, no lo sé, y viera a las chaquetas de los alumnos de luto mucho más vivas que la mayoría de estudiantes que ocupaban la clase en ese momento, más muertos que cualquier otra cosa. Las chaquetas se ven alicaidas, decepcionadas, con los hombros muy bajos, como sin moral alguna. No pude evitar ver en ese momento la rutina, lo que supone el repetir una misma acción un día tras otro, semana tras semana, mes tras mes. 

Vivimos en una sociedad de sombras. Es triste decirlo, pero considero que nos encontramos más sombras que luces. Que en la escala de grises casi siempre estamos más cerca del negro que del blanco. Es posible que precisamente que yo de por sentado ésto sea lo que me lleva a ver algo más en esta imagen. Al fin y al cabo, lo que yo he escrito -o mejor dicho, lo que yo he ordenado en mi mente- no es otra cosa que una deformación de la realidad. En la realidad, es una imagen de cuatro chaquetas negras. O al menos eso es lo que nos han enseñado como realidad. No obstante, para muchos es difícil quedarnos en ese preludio de visibilidad. Sombras de una realidad.

martes, 12 de marzo de 2013

Sobre dictadores, dictaduras, y derivados

Hoy trataré uno de mis temas bandera, preferidos, de los que al menos en mi entorno más cercano se comenta largo y tendido, sin llegar a una conclusión clara, y un tema que en mi profesión (la que estudio, al menos) no termina de quedar claro. Y si no queda lo suficientemente nítido para los lectores es debido a que los que son encargados de difundirlo (periodistas, para más inri) lo tratan de una forma un tanto pasional, sin pararse un momento a mirar si la razón está de su parte, o no. Me refiero a catalogar a un líder político de dictador, o de no hacerlo. Es un debate que viene a coalición con la muerte del... ¿dictador?...¿revolucionario?... no me meteré en líos, del venezolano, Hugo Chávez. Su fallecimiento ha dado para un análisis periodístico buenísimo acerca de cómo emplear el lenguaje en función de los intereses propios. Aunque, es necesario decirlo, en la prensa española no se ha dudado de casi todos los diarios generalistas de tildar a Chávez como "caudillo".


Antes de nada, me gustaría dejar a un lado la opinión y centrarnos en interpretar. Y lo primero que quiero señalar es que es posible que exista esta confusión por la ambigüedad que nos ofrece el diccionario en su definición de dictador: 1. m. y f. En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos extraordinarios y los ejerce sin limitación jurídica.2. m. y f. Persona que abusa de su autoridad o trata con dureza a los demás. 3. m. Entre los antiguos romanos, magistrado supremo y temporal que uno de los cónsules nombraba por acuerdo del Senado en tiempos de peligro para la república, confiriéndole poderes extraordinarios. Teniendo en cuenta la primera definición, no solucionamos mucho, dense cuenta...¿Cómo recibe esos poderes políticos? He ahí el quid de la cuestión, y la RAE no nos la soluciona. Después, la segunda definición deja un abanico de posibilidades demasiado amplio, y la tercera es simplemente un apunte histórico. Así, no debe ser una sorpresa que en el ámbito periodístico se abuse de este vacío de poder (y eso que estamos hablando de dictadores) y el término sea tratado como venga en gana, en función de ideologías, que nada debería tener que ver.

¿Fue Hugo Chávez un dictador? ¿Lo es Fidel Castro? Algunos me dirán que sí, que cómo puedo siquiera preguntarlo. Otros me dirán que no, que son héroes, que cómo puedo siquiera preguntarlo. Bueno, mi oficio es preguntar. Y también intentar responder algunas de éstas preguntas. Veamos, a mí me cuesta dar legitimidad a un gobierno, a un líder, que no ha sido elegido por sus ciudadanos. Por muy noble que sea su empresa, no creo en el todo vale. Según esta premisa, Castro es un dictador, Chávez no (por mucho que se empeñen algunos, no se puede demostrar que haya ningún amaño electoral). Ahora bien, debemos tener unas cuantas cosas, en relación al líder de la revolución bolivariana. Quizás su llegada al poder no ha sido a través de la violencia, pero una vez en el cargo, sus prácticas han sido más propias de una dictadura a la vieja usanza que otra cosa. Me refiero a sus prácticas caciquiles, a su división del pueblo de Venezuela, y a su terrible censura periodística (hoy tenemos la noticia del cierre del último medio opositor al chavismo).



Por tanto, en este ambiente, es lógico que Hugo Chávez ganara tantas elecciones consecutivamente. Es posible que no sea una dictadura, su régimen, pero tampoco un democracia al uso. ¿Y lo nuestro es una democracia al uso? Me contestarán algunos. Pienso que "lo nuestro" es una democracia con tantos fallos que sería imposible enumerarlos, pero una democracia, por desgracia en España sabemos bien lo que sí es una dictadura. Para ir acabando, ya que tampoco quiero soltar una parrafada, comentar dos actitudes que me provocan una especial rabia, para mí no son justificables. La primera viene en relación a esto último. Sí, personas, que solo porque las cosas van mal, se les llena la boca para hablar de dictaduras, cuando no tienen ni idea de lo que puede ser sufrir una de ellas. La segunda tiene que ver con las ideologías. Basta ya, sobretodo entre gente profesional, de usarlas como trampolín para calificar a alguien de dictador, o de no hacerlo. "Si es socialista, no puede ser una dictadura", he llegado a escuchar. Y si es un problema de lenguaje, tiene fácil solución, se buscan nuevas acepciones, para hablar de democracias imperfectas, de dictaduras de carácter sociliasta, o de repúblicas baneneras. Y que hablar sobre dictadores, dictaduras, y derivados, no sea tan complejo. En los derivados está la clave.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Django es arte, Django es cine

Hoy toca hablar de cine. Sí, hoy nos olvidaremos de esa tediosa actualidad por un momento, o al menos me permitirán que lo haga yo. Si continuan leyendo lo harán conmigo. Como decía, hablaremos de cine. Hablando de cine, quería antes de empezar comentar la buena impresión que me dio ver un lunes a las 19:00 una sala de cine con bastante gente. Me consuela que a estas alturas, con la que está cayendo, aún quede gente dispuesta a sacrificar (o aprovechar) parte de su preciado tiempo en cumplir esa vieja liturgia de acudir a una cita con ese arte de hacer cine. Y, si como fue en mi caso, es para ver una película como Django, mucho mejor.


Django te llama la atención desde el principio. Sea la película de tu vida o algo decepcionante para ti, sin duda te impactará. Y esto no debería sorprender si se tiene en cuenta que el director es nada menos que Quentin Tarantino. Y claro, este genio no puede dejar indiferente a nadie. Con Django lo ha conseguido.
Con esta música empieza la primera escena. Pensé que no era posible dar comienzo a una historia de mejor forma posible. Tarantino sabe controlar los tiempos y es conocedor como nadie del uso de la música en el séptimo arte. La banda sonora de Django es de lo mejor que escuchado en los últimos tiempos, llegando a un punto de tener la necesidad de buscarla tras ver la película. Sin embargo, según lo veo yo, en el truco de lo que he comentado antes, saber intercalar las canciones, ser consciente de cuándo sobra y cuándo viene de perlas, está la gracia del asunto. Estamos todos cansados de películas en las que te toca padecer todas y cada una de las escenas con una banda sonora repelente de fondo, únicamente para dar algo de brillo a una secuencia que sobra y que, cabe decirlo, no aporta absolutamente nada. No es el caso, aquí se nos presenta como el auténtico hilo conductor. ¿Quién quiere un narrador en prosa, si alguien te lo puede contar cantando? Un acierto total.

Djando es música. Pero también es imagen, es color, es impacto. Tarantino busca impresionar. A algunos les parecerá exagerado, incluso desagradable. No es mi caso, a mi me fascina la forma en la que busca captar tu atención. Es capaz de crear un contexto en el que a ti (insisto en que hablo según mi visión y mi gusto) no te importa ver más sangre de la habitual, por poner un ejemplo. Y al ver que lo consigue exitosamente trata de explotar esta técnica de una manera bestial, por lo tanto, no es raro encontrarse escenas muy sangrientas, exageradamente sangrientas, algo "gore", lo admito. No obstante, creo que en un tiempo en el que en el cine los efectos especiales están sobrevalorados (para mí, al que cada vez le impresiona menos nada, ya que uno cree que con un ordenador hoy en día ya se puede conseguir de todo), podemos encontrar algo muy distinto, un uso no abusivo de dichos efectos, que buscan algo concreto, más allá del "Qué guapo ha estao eso loco" que aportar, no aporta mucho. Al menos al cine.



Y claro, sería un error por mi parte no nombrar que Django ha sido galardonada con el Oscar a Mejor Guion Original. Muy merecido, por cierto. Aprovecharé esto para contar algo del argumento de la película. Para empezar, una historia del oeste a mí ya me gana. Tiene que ser muy mala para que no me guste, ya que el ambiente que se nos muestra en la América tan particular de esa época me parece autenticamente precioso como escaparate para cualquier relato. Pues bien, Tarantino consigue contar una peli del oeste de una forma precisa, única. Satiriza, es muy burlesco todo el tiempo. No es del género humorístico, a pesar de todo. Tampoco es un drama, ni una peli de vaqueros. Simplemente trata de contar una historia que perfectamente pudo ser real de la forma más espectacular posible, moldeándola a su gusto y obteniendo un producto de mucha calidad. Para concluir, destacar el trabajo de cuatro actorazos. Jamie Foxx (Django), Leonardo DiCaprio, un señorito que nos sonríe con una boca muy particular, Samuel L. Jackson, su personaje, un mayordomo negro, que hablaba como un blanco, programado para no mirarse en el espejo nunca quizás, sometía a los suyos de una forma tan graciosa como horrenda, y, en especial, Christoph Waltz, cuya interpretación la ha valido un Oscar al Mejor Actor Secundario. Otro personaje que no dejará indiferente a nadie, gran trabajo personalizado en él que resumen el sentir general de Django. Django es arte, es cine.