lunes, 10 de junio de 2013

Sobre la violencia machista

En España hay un problema muy grande con la violencia de género. En España no hay una verdadera conciencia social acerca de la violencia machista. En España tenemos un grave problema endémico. Hablamos de España porque es el ente que nos resulta más cómodo a la hora de confeccionar estadísticas de esta índole (o de cualquier otra), pero ciertamente el asunto es de categoría más grande. Atañe a Europa. Y al mundo entero. No diré aquello de cómo puede ocurrir esto en pleno siglo XXI, en el año 2013... No, no va por ahí. Hemos decidido adoptar el rol de una sociedad en depresión, una sociedad que no cree en sí misma y una sociedad que no cree en sí misma es capaz de hacerse daño a ella y a cada uno de sus integrantes, porque no espera nada de ella. Por supuesto, este factor atañe a muchos más aspectos, además de a la burda violencia machista. Con la pasividad con la que nos han criado (añadan el prefijo mal- delante si lo creen oportuno) como conjunto, abrimos cada mañana un periódico, vemos la televisión o escuchamos la radio, y convertimos este problema en un asunto de cifras estadísticas, lo que con suerte nos provoca una mísera mueca de dolor. Sí, por desgracia hemos entrado en una espiral en la que todo se cuantifica, y eso hace que las desgracias pierdan su verdadera relevancia. 

Llevaba tiempo que me debatía entre escribir sobre esto o no hacerlo. Al final, el horrendo al que estamos asistiendo las últimas semanas, me ha llevado a ponerme a ello. No quiero asustar a nadie con datos espeluznantes, mas que nada porque eso es lo que llevan haciendo durante mucho tiempo los medios de comunicación, sin éxito alguno. Por tanto expondré mi punto de vista sobre el tema, sin más dilación. Mirándolo desde el punto de vista idealista y soñador (que como siempre me veo obligado a defender) que se tenga que hacer una distinción de violencia por géneros ya me parece bochornoso, surrealista y que nos debería hacer plantearnos muchas cosas. Ya saben que si algo caracteriza a la humanidad es ese absurdo sentimiento de pertenencia. De pertenencia a una nación, a una ciudad, a un pueblo de la mala muerte, sí, de mala muerte, a un equipo de fútbol, y hasta la pertenencia de ser hombre o mujer. Lo que sí hay que dejar claro es que nada de esto hubiera sucedido sin que en este caso uno de los "bandos", el del hombre en este caso, se portara como se ha portado. Ciertamente la generalización viene bastante bien para hablar del hombre del pasado, es una de las generalizaciones más justas que se me ocurren. Gracias a esos cromañones, estamos hoy donde estamos.

No será esto un reproche hacia nadie, aunque bien podría serlo. El caso es que hemos establecido unos bandos tan absurdos como innecesarios. No necesitamos una batalla de hombres contra mujeres. Aquí hay un problema de ciertos hombres contra demasiadas mujeres. Y hay que buscar soluciones. Pueden adivinar que yo no estoy de acuerdo con las soluciones que se han buscado hasta el momento. Más que no estar de acuerdo, es que me parecen frágiles e incompletas. Son soluciones de estar por casa, es la misma solución que propondría el que calza una mesa con un libro o pone un póster cuando aparece una grieta en la pared. Veo muy bien poner un número de teléfono a disposición de quien lo necesite, así como de endurecer las penas para estos tipos y perseguirlos hasta el fin. Pero, y ahora sí que me permitiré usar el tópico del año en el que estamos, no estamos en el oeste para que la solución sea perseguir forajidos pistola en mano, acribillarles o pedir precio por su cabeza.

Verán ustedes, yo soy un defensor a ultranza de cambiar el mundo a través de la palabra, de la información, de la comunicación, del talante. Tranquilos, no firma el artículo Zapatero. Creo en la educación como vehículo transformador. No concibo otro modo de solucionar este asunto que concienciar a la gente de que existe un problema gravísimo, de hacer ver a las nuevas generaciones, desde bien pequeñitos, del error que esto supone. Esto solo se consigue con trabajo duro, que en mi opinión tiene que venir desde una educación igualitaria y desde los medios de comunicación. Claro, algunos hablarán de una educación doctrinaria, que pretendo meter una idea a los niños en la cabeza... ¿Bueno, y qué? ¿Tan desagradable sería esa idea que evitaría muertes a diario? ¿No es precisamente un error haber dejado correr este tema, haberlo dejado al libre albedrío de la humanidad? Por desgracia la sociedad nos ha demostrado que necesita de una cierta guía. Precisamente ha sido en este área, en la educación, donde más recortes hemos padecido últimamente. Y no solo recortes, si no cambio total de la concepción que teníamos de ella, se vuelve atrás. Que nadie se asuste de lo que pueda ocurrir en un futuro.

 Para ir acabando, debo hacer una crítica a ciertos medios de comunicación. En general a cualquiera que se dedique a tratar sobre este tema. Algunos no son conscientes aún del papel educativo y de transmisor de ideas y conocimientos que tienen en las masas los medios. Teniendo en cuenta la problemática existente, no se puede consentir que en periódicos de tirada nacional se escriban cosas como ésta: Salvador Sostres "Deberían prohibir a las mujeres entrar en restaurantes de lujo". Lo que este individuo no sabe es que algún cretino se puede llegar a creer la idiotez que él acaba de soltar. Y si lo sabe, es lo peor de este mundo. Y por favor, como estudiante de periodismo, no me digan que no debo darle bola a este tío. Se la dejaré de dar cuando un periódico como "El Mundo" prescinda de sus servicios y ahorre así a cualquiera leerle. También quiero dar un pequeño "palo" a los que tratan este tema con una trivialidad que asusta. Claro ejemplo lo tenemos en Toni Cantó, que aunque pidió perdón, se apresuró dando unas estadísticas falsas acerca de las llamadas falsas por parte de algunas mujeres. Existen las llamadas falsas, las mujeres malas, y los casos en los que el hombre es la víctima. Pero centrarse en ese aspecto con la que tenemos encima, me parece del todo desacertado. Sí, por desgracia parece que esta tragedia no acaba de calar en la sociedad. ¿Que haría yo si fuera el responsable de dar las noticias? Dejaría de contar a las mujeres que mueren, de dar cifras vacías de vida, ya que además es incontable el número de mujeres que se suicidan o no les da tiempo a denunciar. Yo diría, dependiendo de caso, algo así: "De nuevo, un niño no tendrá con él a su madre nunca más", "Una joven soñadora dejará de soñar más", "Unos padres quedan desolados para siempre". ¿Sensacionalismo? No me vengan con esas, es la dura realidad. Solo poniendo nombres y apellidos, rostros y dolor, conseguiremos que esa chica no sea un dato más.

martes, 4 de junio de 2013

Sí, lo seguiremos intentando

A nadie le gusta estudiar. O, al menos, existe una inmensa mayoría para la que estudiar no es precisamente lo más agradable que hacer con su tiempo. Es necesario partir de esta premisa, aunque lo realmente importante serán los matices que le pongamos. Podemos encontrar muchas formas de presentar unos estudios a alguien. Mejor dicho, de transmitir unos conocimientos a alguien. Nunca lloverá a gusto de todos, siempre habrá alguien que encuentre una asignatura mejor, un profesor mejor, es segura la presencia de críticas hacia ciertas asignaturas, hacia ciertos puntos del aprendizaje que de poder saltárnoslos, todos lo haríamos. Serán comunes y constantes las preguntas de por qué estudio esto y no lo otro, de qué hago yo aquí, qué se me ha perdido a mí precisamente en esta clase. Las dudas corren por las mentes de los estudiantes, las inseguridades crecen, los miedos corrompen. Es desgarradora la forma en la que el panorama exterior invita a cualquier cosa menos a dar la cara y perseguir algo. Cualquier estudiante que ponga las noticias se verá tan deprimido que solo querrá salir de la cama.

"El destino está reservado para aquellos que creen en la belleza de sus sueños" ¿Tienen ustedes sueños? ¿Creen, en caso de tenerlos, que son sueños importantes? ¿De verdad creen en su destino? Saber agarrarse a lo que hay más escondido dentro de uno mismo, es simplemente lo que marca la diferencia entre el que fracasa y el que no. Salvando las distancias que caracterizan la realidad de un individuo y otro, para todos la carta de presentación es la misma. Y excepto que uno tenga una fuerza de voluntad sin límites y haya aceptado a lo largo de su existencia ser una máquina fría y robotizada destinada a llevar a cabo la tarea asignada, lo que salva, son los sueños. Cuando uno se levanta por la mañana, y tiene un largo día por delante, con trabajo, con exámenes, con sueño, con frío en las entrañas y en el alma, lo que le anima a salir de casa y ponerse a luchar, es amar y creer en lo que hace. Dificilmente me imagino mi vida sin ese hallazgo. Hace tiempo que hubiese claudicado. No me vería capaz de afrontar ciertas cosas sin la creencia ciega en que al final del camino hay algo.

Quizá esto sea algo que suena a dogma, o religión. Puede que la base sea la misma, aguantar todo lo que se venga, ya que tras ese sufrimiento, estará la preciada recompensa. Salvando las distancias, esa es la idea. Me atrevería a afirmar que esa pasión por lo que uno hace es casi más importante que las facultades previas, que la presunta inteligencia. Estoy plenamente convencido que tiene más posibilidades de triunfo aquel que tenga la mente centrada y concienciada, que el que la tenga dispersa, por muy inteligente que sea. 


¿Saben? Incluso los más fuertes de espíritu tienen caídas. Momentos en los que dejarían todo a un lado y dirían aquello de: "Que se pare el mundo que yo me bajo". Siempre existe y existirá ese momento en clase en el que todo se te cae encima, en el que cualquier conversación filosófica con el de al lado es más importante, ese instante en el que te dejas llevar, la dificultad te vence. Háganme caso, no hay nada imposible ni mal que cien años dure. Todos estamos capacitados para cosas mucho más grandes que esa. Siempre podremos refugiarnos en lo que nos llene de verdad, buscar huecos en nuestro tiempo para que un soplo de aire fresco nos recorra el cuerpo y nos diga que sí, que aunque suframos, lo estamos haciendo bien. Hay momentos que compensan absolutamente todo lo demás. Crean en lo que hacen. Crean en sus sueños. Y nunca dejen de intentarlo. Sí, seguiremos intentándolo.

"El 80% de lo que conseguimos en esta vida consiste solo en insistir" Woody Allen

viernes, 24 de mayo de 2013

Sangre amarilla

Existen elementos inherentes en nuestro paisaje diario y que solo con un gran esfuerzo conseguimos detectarlos. Son intrusos que se cuelan en nuestras vidas, pero sobre todo se introducen en nuestra retina y en nuestro subconsciente. A buen seguro notaríamos su ausencia, pero en cambio que sigan ahí lo vemos lo más normal del mundo. En ocasiones necesitamos un momento de paz, de ignorar lo que sucede a nuestro alrededor, de alzar la cabeza y observar algo tan bonito (al menos para mí) como es la dinámica de nuestro entorno. No es nada complicado, consiste en mirar, y volver a mirar, hasta percibir algo. Desde mi posición privilegiada (sí, estaba en el tren) visualicé un proceso, muy común, quizás demasiado, en cualquier parte del territorio español: Una máquina de construcción, con operarios trabajando.


Hay gente que me confirma que a lo largo de su vida no ha visto su ciudad ajena de obras. Una nueva acera, un arreglo del alcantarillado, un pavimento, pintar la líneas de la carretera, la construcción de una nueva edificación ( ya sean urbanizaciones, hoteles, apartamentos...) El caso es que llega un punto en el que la sociedad se ha visto completamente rodeada de unas máquinas amarillas, agujeros en el suelo, y ruidos molestos. Como si de un videojuego se tratara, uno debe de ir sorteando obstáculos cuando sale de la puerta de su casa, o en el caso de los conductores, con sumo cuidado de no caer en un laberinto sin salida en el caso de haber seguido unas lamentables indicaciones de los obreros, víctimas al fin y al cabo, a los que un pobre diablo ha mandado hacer un trabajo que no saben.

Si me han leído atentamente, habrán podido comprobar que para nada escribo esto tras una rabieta. No es mi intención hacer una crítica banal a una sector muy importante de nuestra economía. Pero no puedo evitar reflexionar acerca de los usos y abusos que hemos ejercido de ella. Todos conocemos la historia de la burbuja inmobiliaria, una de las principales razones por las que hoy estamos así. Y por supuesto la ley del suelo hecha por el gobierno de José María Aznar, ese que tan en boca de todos está ultimamente. Se dio vía libre sin reparo alguno para construir sin miramientos, sin pararse a pensar un momento si el lugar o el hecho en sí, era adecuado.

El problema viene más de fondo, y no es otro que el amiguismo y el clientalismo que siempre ha existido en España. Esa facilidad del poder para conceder permisos a diestro y siniestro, con la condición de poder sacar ellos algo a cambio. Y la construcción ha sido la gallina de los huevos de oro para esto. Para finalizar, una anécdota que quizás sea reveladora. Esta profesión siempre ha estado presente en la vida española. Mi padre tenía un juguete de una excavadora amarilla, creo recordar que yo también tuve algo así. ¿Con qué intención se fabrica ese juguete? ¿Acaso se hace algo parecido con alguna otra profesión? ¿Imaginan la cara que pondría un niño de hoy en día si le regalan eso? Es posible que esto sea lo que se nos ha querido inculcar desde siempre. Que para esto servimos, a esto nos tenemos que dedicar. Lo llevamos en la sangre.

miércoles, 15 de mayo de 2013

El Tren

El Tren. No el tren. Una mayúscula puede cambiar mucho en una palabra. Desde el significado que esta tenga, hasta algo todavía más determinante: la importancia que uno le dé. Yo he decidido poner un título sencillo a esta entrada. Es sencillo, pero curioso a la vez, ya que no he dudado ni un solo instante en que debía colocar esa "T", cuando ortográficamente no tenía por qué. Si lo hago es porque le doy un valor especial a lo que voy a contar. No pretendo con esta entrada crear opinión, no quiero convencer a nadie de ninguna idea por una vez. Quiero liberar pensamientos, compartirlos, compararlos con otros. Lo que quiero en definitiva es liberarme, y contar algo que quizá merezca la pena.


Me gusta el tren. Me gusta montar en tren. Es mi transporte favorito. "Pues que lo disfrutes" pensarán algunos. Creánme si les digo que esto va mucho más allá de simplezas o superficialidades. Voy a hablar de sentimientos, de símbolos. Hay ciertos elementos que solo por ser antiguos o haber caído en deshuso adquieren una atracción incomparable. Tenemos muchos casos. Encontramos gente que le sucede esto con las maquinas de escribir, a otros les ocurre con las radios antiguas y algunos apuestan por los vinilos. Supongo que es la moda "retro" que la llaman. A mí me pasa con los trenes, con los ferrocarriles. Veo la imagen que he colocado arriba de este párrafo, y he de decir que me conquista por completo. Lo entiendo como mucho más que un antiguo ferrocarril de mercancías o de pasajeros. Esconde algo más, un secreto oculto del que me vi enamorado por completo hace tiempo.

Si nos agarramos un poco a la historia, podemos observar la importancia que tuvo en nosotros. El tren fue un elemento clave a la hora de acercar personas, de acercar historias, de crear historias. Rompió fronteras, permitió avances inigualables hasta el momento, ayudó en todos los sectores laborales: en la minería, en el transporte de mercancías o en medicinas, incluso. Pero como ya he dicho, yo iré mucho más lejos. O al menos hasta donde yo soy capaz de llegar. Cuando para mí el tren comienza a adquirir algo de romanticismo es en el lejano oeste. De esto podrían hablarnos mejor nuestros abuelos y padres, que tantas películas de vaqueros habrán visto. Mi admiración es algo puramente estético. Muy visual, muy palpable. Esa tierra levantada, ese polvo que de estar allí se nos metería en el ojo de forma irremediable, miles de motas y de granos de arena, un sol infernal que preside la escena, golpeando fuertemente nuestas cabezas, que afortunadamente estarán protegidas por un sombrero, ese sudor que comienza a caer en alguna parte de nuestro cuerpo, cada cuál conoce la suya, esas botas que convierten el pie en una estufa y lo llenan de callos y heridas, esas corredoras del desierto que atraviesan las vías del tren sin mirar, sin temer al ferrocarril negro que avanza hacia la estación soltando un humo proveniente del inframundo, y esa bocina que anuncia su llegada.



Creo firmemente que lo que ha hecho grande a este "medio de transporte" es el entorno o contexto que le ha rodeado. Si en lugar de describir un tren llegando a una estación del oeste americano, lo hubiera hecho en medio del polo norte, las sensaciones no serían las mismas. Si tantos escritores no lo hubieran utilizado de la forma que lo hicieron, sería otra cosa. Si tantos directores de cine no lo hubieran utilizado como elemento clave en sus filmes, sería otra cosa. Si, en definitiva, los encargados de crear belleza a través del arte, no lo hubieran adorado, sería otra cosa. En mi opinión, el tren es la forma de viajar de los soñadores. Los soñadores. Todos los "creadores" citados anteriormente lo fueron. Y que a nadie le queda ninguna duda, que para que ellos decidieran usarlo como metáfora en sus creaciones, explotarlo hasta la saciedad, primero de todo, fue importante en sus vidas. Les marcó, allí conocieron a su amor, o simplemente vivieron momentos que quedarán grabados en su retina para siempre. Sí, el tren es algo muy parecido a la vida misma.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Hasta aquí podíamos llegar

Es por todos bien sabido que la distancia es uno de los factores más clave y que delimitan con más fuerza y precisión nuestras vidas. Estamos cansados de ver, oír, leer, a lo largo de nuestra propia historia, multitud de otras muchas en las que se alude a ella como un problema. Como una barrera. Amores que se truncan por la distancia de los enamorados. Familias que se ven obligadas a separarse, y la distancia les hace sufrir. Ya lo decía Marco: "No te vayas Mamá, no te alejes de mi ; adiós Mamá , pensaré mucho en ti". Nos cuesta asociarla como algo positivo. Esto se debe principalmente a que nunca la asociamos con nuestro enemigo, ni siquiera nos lo planteamos. Solo echamos de menos a quien queremos. ¿Qué incidencia tiene esta separación en el periodismo? De lo que aquí reflexionaré no es de distancia física, si no mental. Les explico ahora.



Siempre ha sido un tema candente, de eterno debate, de dilatada opinión, la separación que debe tener el periodista con el tema que trata o con la persona a la que se acerca. Como digo, multitud de ensayos, escritos por expertos en la materia - en el periodismo quiero decir- han tratado de aclarar y precisar la cuestión. ¿Es bueno para un periodista ser amigo de un político? Y cuando hablamos de un político, simplemente queremos decir una fuente de información, esta vez elevada al máximo exponente de importancia. ¿Es buena esa costumbre de irse a tomar un café con tu confidente? En mi opinión es aquí donde se ve al informador de verdad. Ese que no tiene reparos para decir que "No". Bien es cierto que la cercanía con el entorno debe ser un objetivo claro para el profesional, pero no a cualquier precio. Se ven enfrentadas dos posturas. ¿Es preferible ser buen periodista o buen amigo? En la moral de cada uno está la respuesta de lo que se debe hacer. Si no te gusta el café te ahorrarás muchos problemas.

No quiero incidir solo en la distancia con el personaje. Me parece muy interesante la relación de alguien con lo que cuenta. Y aquí además de al periodista, incluyo al escritor. Si partimos de la base de la honradez, considero que aquí la distancia -poca- simplemente puede ser algo positivo. Sentirse identificado con un tema ayuda a comprender, a valorar, a razonar, a contar las cosas en su justa medida. Ponerse en el lugar del otro facilita contar los hechos de la forma más real posible. Si el asunto te emociona, te toca la fibra, serás el mejor capacitado para construir una historia preciosa. Aquí entra el juego el trabajo del escritor. Creo firmemente en que ninguna historia, por muy inventada que sea, por mucho que se ponga a un extraterrestre como protagonista - quiero poner como ejemplo lo menos real posible - estará exenta de una parte, quizá muy íntima, de su creador. Lo que mi corta experiencia me afirma totalmente es que la escritura libera como lo hacen pocas cosas en la vida, que para iniciarse en este campo no hay mejor forma que vaciar tu ser por completo en forma de palabras ordenadas, una detrás de otra. La distancia entre el escritor y el escrito es fundamental, y cuando digo que es fundamental, no quiero decir que tenga que ser mucha, si no que uno debe ser consciente de si es mucha, poco, o si existe realmente. Uno debe calcularla y adaptarla... ¿Hasta aquí podíamos llegar? Eso solo lo sabe uno mismo.

lunes, 15 de abril de 2013

Lo entendible y lo justificable

Entramos en terreno fangoso. Nos metemos en camisas de once varas. Esas expresiones y otras muchas son las que podemos usar cuando tratamos un tema que concierne a la moralidad humana. Lo que está bien y lo que no. Lo que la sociedad considera adecuado, lo aprueba, lo ve como algo realizable y aprobable, e incluso plausible; y lo que detesta, lo que ve atroz, y le da miedo, lo que le provoca pánico solo de pensar que se pudiera llegar a dar. Lo que es importante señalar y conocer bien, es que las cuestiones morales es algo muy cambiante, por mucho que los dogmas digan lo contrario. Podemos hablar de un relativismo moral -no confundir con el relativismo cultural- que nos hace ver que no existe una moral universal y eterna. Todo depende del cómo y del cuándo. Del por qué y del quién. Un problema grave que tiene nuestra sociedad es que no sabe situar las cosas en su contexto. Ver los hechos de una forma aislada priva de esa coraza, ese envoltorio tan importante. Un pez es eso, un pez, mientras está en el mar, mientras que si lo sacamos fuera de su hábitat deja de serlo para convetirse en pescado. Lo mismo sucede en nuestro día a día. Hay que diferenciar el pez del pescado.


Sí, el asunto fundamental por el que escribo esto es por los escraches. Por toda la polémica generada alrededor de ellos, el ruido terrible que están produciendo en los medios de comunicación -lo que es señal inequívoca de su éxito- y por el debate surgido: ¿Son adecuados? ¿Son democráticos?. Hemos podido encontrar opiniones de todo tipo, desde la izquierda más radical que puede llegar a defender la violencia como método de extorsión, hasta la derecha más reaccionaria, en la que pongo como cabeza visible a María Dolores de Cospedal, que ha calificado esta práctica como "nazismo puro". Por supuesto siempre encontraremos opiniones más moderadas, a medio camino entre el blanco y el negro. Pero ahora intentemos hacer un ejercicio de imaginación -espero que usted que lee tenga que hacerlo y no simplemente mirar su presente-. Póngase en la situación de una persona que ha sido engañada. Que como consecuencia de este engaño ha perdido su hogar. Imagine su vida sin la seguridad de su casa. Además, de todo esto, le culpan de una situación que no ha generado, y en lugar de tenderle la mano le hacen todo más difícil. Ah, y le llaman terrorista o nazi. Cuando haya conseguido asimilar esto, siga leyendo.

Hace tiempo aprendí una enseñanza que ma parece básica para comprender lo que nos rodea. Hay hechos que a lo largo de la historia no podemos calificar como buenos o malos. El baremo que hay que utilizar es otro. Se debe usar el de lo entendible y el de lo justificable. Les pongo un ejemplo. Hoy en día nadie vería lógico quemar una iglesia, al menos nadie en su sano juicio. Sin embargo, fue una práctica habitual durante un período -malísimo- de nuestra historia. ¿Que estuvo mal? Sí, sin duda. Pero poco importa si estuvo bien o mal. Lo que realmente hay que valorar es que era entendible, perfectamente comprensible que un campesino se levantara en armas para defender lo suyo. Que estando en su situación, explotado por unos religiosos que no se representaban ni a si mismos, un pobre hombre, que se moría de hambre y veía morir a su familia, hiciera algo "malo" para una persona del año 2013. Sí, para mí es entendible.

No obstante, y volviendo al tema de los escraches, he de decir un par de cosas. Para mí hay muchas cosas que no son justificables. Para mí, no es justificable que en un escrache se llegue a la violencia, ya que no lo considero necesario para el objetivo que persigue, y además les despoja de cualquier razón. Para mí, no es justificable que desde la misma política no se dude de criminalizar a la gente que lucha por lo que es suyo, más aún cuando lucha por la inoperancia que ofrecen ellos en su cargo. Y hay cosas que aparte de no ser justificables ni entendibles, no son admisibles bajo ningún concepto. Echar más gasolina al fuego con ciertas declaraciones puede ser muy peligroso. Peligroso para los de arriba, sobre todo, que parece que no se dan cuenta de que su poder se tambalea a pasos agigantados, y que cada vez es menos la gente que agacha la cabeza o se sobresalta cada vez que alguien "mea fuera del tiesto". Cuidado.

miércoles, 10 de abril de 2013

Enrique Ortiz: El puro que contamina la realidad


Nos encontramos en un proceso de nuestra historia contemporánea en la que la justicia es protagonista. Puede que esta relevancia la comenzara a tomar desde que el monarca Juan Carlos I lanzara al aire una premisa tan impactante como lógica, por otra parte: Tomos somos iguales ante la ley. El otro punto que completa este círculo es la imputación de la Infanta Cristina por el caso Nóos. Pero este no es el único proceso judicial abierto de gran calado, por desgracia hay mucho más. Lo podemos observar con Gürtel, los ERES en Andalucía, los sobres de Bárcenas, las cuentas en Suiza de la familia Pujol, y, a nivel más local, pero no menos importante, el caso Brugal, que afecta directamente a Enrique Ortiz. Con este panorama no es de extañar que la ciudadanía valore la corrupción como una de sus máximas preocupaciones por detrás del paro. Sin embargo ponerse a analizar todos estos casos sería tan aburrido como improductivo, y ya que aprendí de un maestro como Woody Allen que de lo más cercano y particular se obtienen las teorías más universales, me centraré en el individuo que tienen ustedes al comienzo, fumándose un purito. Además, la actualidad me respalda.

Digo que la actualidad me respalda porque hoy se ha conocido que el Consorcio del Plan Zonal de la Vega Baja ha adjudicado la gestión de los residuos a Enrique Ortiz para los próximos doce años. El resultante final de la operación permitirá ganar al empresario de Alicante la friolera de 500 millones de euros. Lo sorprendente -o no- es que la empresa de Ortiz ha sido la única que ha optado a encargarse de dicho servicio, no ha tenido competencia alguna. Poniéndonos en antecedentes comprenderemos que esta situación no es novedosa en absoluto. Enrique Ortiz ha sido durante más de una década el máximo accionista del Hércules CF, haciéndose cargo como favor personal al entonces alcalde de Alicante Luís Díaz Alperi. Se le permitió la recompra del estadio José Rico Pérez, con unas condiciones en el contrato incumplidas posteriormente (se reflejaba entre otras cosas la obligación de una reforma total de la instalación que solo ha sido parcial y ridícula, como podemos ver en el deterioro de los focos de iluminación). También hay que señalar le fue concedido un préstamo de 18 millones de euros por parte del IVF el cual no ha sido devuelto ni se ha aclarado su destino. 

Además, este empresario -es mucho más- se encuentra imputado en el caso Brugal.Todo proviene de su amistad con la alcaldesa de Alicante Sonia Castedo, y la ventaja que ésta supuestamente habría proporcionado a Ortiz a la hora de conocer los cambios en el PGOU - Plan General de Ordenación Urbana-. Esta información es la que habría permitido que Ortiz pudiera acceder preferentemente a ciertas concesiones para sus empresas. El plan Rabasa, la construcción de Ikea, son polémicas que se hacen eternas en Alicante. Por todo esto no es extraño que sea un personaje reconocido en la ciudad , sobre todo si añadimos su curiosa personalidad: es prepotente, no duda en pavonearse de su éxito y sus supuestos logros, de lengua fácil, habla antes de pensar, lo que podemos calificar como un bocazas.

Así, es hora de analizar qué es Enrique Ortiz, qué genera su figura, y en especial por qué existe. Empezaré por el final. Ortiz es un residuo de la democracia española. Puede que algunos lo consideren un legado de antaño, de la época de los caciques, o una herencia de una larga dictadura. No obstante, yo le considero una figura formada a la par que el nuevo comienzo que dio España en 1978. Es un figura paralela a Jesús Gil, ya desaparecido, que dio paso a otros como Julián Muñoz o nuesto protagonista. Y si creo que es producto de lo peor que puede dar nuestro sistema es porque vive amparado por las instituciones. El del purito no necesita vivir al margen de la ley, no necesita llevar gabardina, sombrero y camuflarse. Es un personaje público, que se pavonea delante de todos sin miedo o complejo alguno.

Cuando un trabajador normal y corriente se levanta por la mañana y escucha o lee la noticia de las contratas de basuras, pierde la confianza en el sistema. Por eso es tan perjudicial la existencia de Enrique Oriz, porque al margen de si ha cometido algún delito o no, aparte de ese supuesto daño, rompe totalmente la conviviencia. Contamina la sociedad. Este caso es aplicable a cualquiera de más envergadura, a cualquiera de los muchos casos que hay a nivel nacional. Alguno se pregunta si Enrique Ortiz se presentaría a alcalde. Es obvio que no, y lo peor de todo es que no lo necesita. Como hemos dicho antes es capaz de estar sin estar, de decidir sin tener el voto de nadie para hacerlo. La capacidad de poner en duda todo y contaminar la realidad.