martes, 7 de enero de 2014

¿Todos los políticos son iguales?

En cualquier taberna, bar o restaurante. En cualquier sitio público, o privado. En las casas, en la universidad, en el trabajo. En el campo y en la playa, incluso puede que en la montaña. Los que van al fútbol y los que van al cine. Los que se aíslan en su cuarto y los que quieren cambiar el mundo. En cualquier rincón de España, de Europa y puede que del mundo. Desde Moratalla hasta Nueva York. “Todos los políticos son iguales”, es algo que se escucha en cualquier lugar.

Creo que coincidirán conmigo en que la afirmación que he comentado se ha convertido en una especie de sacramento para muchos ciudadanos. Y lo más curioso de todo es que poco importa ya la procedencia o posición social de esta persona. Se le puede escuchar a un estudiante universitario y también a un “apolítico” que pasa de todo “porque eso no tiene nada que ver con él”. El fondo del asunto es, al fin y al cabo, por qué esta idea ha tenido tanto calado y sobre todo a quién interesa que esto sea así.

Seamos justos. Cabe reconocer que la política ha cambiado a lo largo de la historia. Las diferencias ideológicas ya no son las que eran, y como todo, esto tiene su lado positivo y su lado negativo. Evidentemente, la mejor parte de todo esto es que los conflictos han caído espectacularmente en nuestro mundo contemporáneo. A día de hoy nadie se mata en España por esto, y dos personas pueden ser amigos a pesar de que cada uno mira hacia un sitio (entiéndase, hacia la izquierda y la derecha).

Es posible que lo peor de todo sea la renuncia de una de las dos tendencias. Y es indudable que fue la izquierda en un período histórico la que cedió terreno, ya sea a través de la caída de la URSS, la reconversión de China o las concesiones de los comunistas en la transición española. Cualquier ejemplo sirve. En cualquier caso, gracias a la contrarrevolución cultural llevada a cabo por Thatcher y Reagan en la década de los 80, la política en Europa y América ha dado un giro importante y casi irreversible hacia la derecha.

Ahora bien: ¿Justifica este hecho, indudable, la frase “todos los políticos son iguales”? En mi opinión no, claro que no. Particularmente, me gustaría que las cosas funcionasen de otra manera, que jamás se hubiese llevado a cabo este triunfo neoliberal y conservador que está trayendo el fin del Estado del bienestar.  Sin embargo, me parece peligrosísimo meter a todos en el mismo saco, incluidos los que tan mal lo están haciendo en la izquierda. 

El que no duda en afirmar que PP y PSOE son lo mismo, está condenado a toparse ante la cruda la realidad. No lo son, y nunca lo serán. Por mucho que en la política económica ambos se vean obligados a tomar decisiones que marcan Merkel y el FMI. Quien le da igual votar a un partido o a otro, se encuentra con que unos están a favor del aborto, y otros no. Que unos aprueban una ley para la Dependencia, y otros la reducen. Que unos tienen una idea de lo que es la educación, y otros tienen otra muy diferente. Que unos entienden que la sanidad debe ser pública y otro no tanto. 

Por supuesto, no me vale que la corrupción les hace ser iguales. Eso imposibilitaría a cualquier ser humano a ocupar un cargo público, ya que por desgracia hemos podido comprobar a lo largo de la historia que meter la mano en el bolsillo de otros está exento de ideologías. Ha habido corruptos en la Unión Soviética y en la CIA, pasando por el Ayuntamiento de Marbella.

Si defiendo la política y la declaro como elemental, no es porque esté rindiendo como debería. Es porque alejándonos de la batalla de las ideas, solo veo una salida: Un militar pegando tiros en el Congreso. Por eso no comparto la idea de participar en el descrédito hacia la política. Solo su reconversión y transformación puede ser una salida válida, su destrucción es nuestra condena. A menos a corto plazo. Creo que no nos hemos percatado de una cosa. La política es algo público, de hecho, es lo más público que hay. ¿Por qué aún no hemos caído en la reflexión sobre si, junto a la educación o la sanidad, forma parte de la estrategia que intenta hacer ver que lo público no funciona, para que deje de serlo?

jueves, 12 de diciembre de 2013

Con Parot, la justicia no la hará Don Corleone

En primer lugar, me gustaría pedir disculpas por el pequeño período de inactividad de este blog. Las pequeñas crisis de inspiración unidas a demasiado trabajo nunca tienen una buena consecuencia. Espero que este nuevo punto de partida me lleve a estar tan a gusto con lo que escribo aquí como siempre. Arranco con un tema poco apropiado si lo que busco es algo “facilito”. Se trata de la famosa “doctrina Parot” de la que tanto se ha hablado en los medios de comunicación así como en la calle, en las últimas semanas.

Una interlocutora muy válida me hablaba entusiasmada del conflicto afirmando que “es un debate que no tiene solución, hagas lo que hagas va a salir mal”. Es posible que a pesar de ser una visión un tanto pesimista, no le faltase razón. Principalmente, creo que hacer un análisis, al menos puramente técnico, sin grandes conocimientos, es un atrevimiento muy propio de este país. ¿Cuántas personas se habrán atrevido a abrir la boca sin tener ni idea de leyes o política? Tengo la opinión de que la prudencia es un grado y que a muchos les cuesta pensar dos veces antes de hacer un juicio de valor.

Yo le he dado vueltas y vueltas y el callejón es bastante oscuro y estrecho, encontrar una salida válida es costoso. Parece que se nos plantean dos alternativas. Y las dos suenan iguales de radicales. Una consistía en que este tipo de presos cumplan condenas inhumanas (así lo ve Europa) en las que parece que los malos tratos son constantes y la reinserción está de lado. La otra, que es finalmente por la que se ha optado, es la de que los presos no sean condenados de forma retroactiva y salgan en libertad. ¿Ahora entienden  por qué todo iba a salir mal?

No daré más rodeos: Si me ponen una pistola en la frente, me quedo con la segunda. Les suelto. Y no voy a ser hipócrita: claro que no me gustaría verles ni en pintura, ni que estuviesen en mi día a día, ni que mis posibles hijos se los cruzasen por la calle. Pero hay una cosa de la que el resto parece que no se ha dado cuenta, y se trata de que esta visión es puramente individualista y egoísta. No es propia de un Estado, que, recordamos, ha de tomar decisiones globales o para una sociedad en conjunto. 


Siempre he defendido que un país democrático debe dar ejemplo. Y creo que cuando se nos llena la boca de democracia, debe estar justificado. Pienso que ser demócrata tiene eso que en la religión se llama “poner la otra mejilla”. Aunque algunos no lo lleguen a entender, esto permite ponerse a uno, en este caso al Estado, en un peldaño superior. Con injusticia, represión o guerra sucia al final la democracia se convierte justo en lo que lucha por destruir.

Algunos se preguntarán… ¿Y dónde queda la Justicia aquí? Comenzaré diciendo, por si no ha quedado claro aún, que lo ideal sería que estos criminales estuviesen entre rejas. Además, inevitablemente con este caso se me viene una escena de El Padrino a la cabeza. Es nada menos que la primera. El funerario “Bonasera” acude a Don Vito para pedirle justicia con los que han maltratado y se han aprovechado de su hija. Para él, justicia es que la mafia asesine a estos chicos. El personaje interpretado por Marlon Brando le responde: “Eso no es justicia, tu hija está viva”.

Lo que el funerario buscaba, evidentemente, no era justicia, si no una vil venganza. Es perfectamente comprensible que un afectado por ETA busque venganza, es más, que quiera que el Estado le ponga en bandeja al terrorista para que él mismo lo estrangule. Sin embargo, esto jamás será justicia. Lo que nos es aceptable es que un colectivo imponga a un Gobierno las decisiones que ha de tomar de cara a millones de habitantes. Es obligación de todo el país apoyar y consolar a las víctimas, pero no darles el timón del barco, principalmente porque debido a lo afectados que pueden llegar a estar, nunca podrán razonar adecuadamente.

¿Si estoy en lo cierto? La verdad es que ni yo mismo lo sé, no me avergüenza decir que digo todo esto con más dudas que certezas, porque creo que dudar es de sabios, y más si se trata de un tema tan complejo y tan opaco. Veo que hay muchas cosas por mejorar en lo referente al código penal, a lo que son las cárceles hoy en día y a la justicia en general. Y sobre todo, no hay que olvidar que el caso del terrorismo vasco es diferente a cualquier otro. Muchos nunca lo entenderemos del todo bien, porque la única forma es salir cada día a la calle en cualquier territorio vasco. Pero si se busca una reconciliación de los pueblos, una nueva forma de vida y en fin, un perdón (como el que dio el ya fallecido Mandela) solo es posible por la vía que se está tomando. Por dura que sea.

martes, 24 de septiembre de 2013

Una decisión muy diestra

El otro día iba conduciendo de camino a casa y en la radio comentaron la ya sonora noticia de que se plantea si van a retrasar todos nuestros relojes una hora para siempre. El simple hecho de que se use el complemento circunstancial de lugar "para siempre" ya me echa para atrás y me pone de los nervios. De todas formas, decir que en España algo es para siempre es como decir que en Estados Unidos los cambios se producen rápido. Pues ni siquiera este planteamiento me hubiese tranquilizado en el momento en el que por las ondas comentaron jocosamente el asunto. Cuento mis sensaciones no por lo que sería un extraño exceso de protagonismo, sino porque creo que muchos se pueden sentir identificados. Yo, que no soy muy dado a eso, me agobié. Me da escalofríos la posibilidad de quedarme sin ver el Sol una hora menos durante el invierno. Si ya lo que menos me gusta de esta estación es verme obligado a asumir que a las cinco de la tarde es de noche, la posibilidad de que a las cuatro se cierre el telón, me acojona. Mi caso particular radica en que soy una persona muy activa, que detesta quedarse una tarde entera en la habitación, y que la luz solar influye en su estado de ánimo. Sí, soy de esos que suele estar como el tiempo.

No obstante, es probable que el asunto tenga matices más importantes que mi ahogo particular ante la noche repentina. No entraré a discutir si vendría bien o no mirándolo desde un punto de vista de país, lo que queramos admitirlo o no es un punto de vista angelamerkeliano. No tendré la osadía de discutir las conclusiones que unos señores extraños a los que ni usted ni yo ponemos cara (bueno sí, pero porque usted y yo contamos con una gran imaginación) han llegado tras unos largos meses de duro estudio. Pero sí me atreveré a hacer una petición: Hagan las cosas bien. Si quieren que seamos como los del norte de Europa, que los seamos, pero para todo. Si quieren que seamos más productivos, que el Gobierno se caliente la cabeza para elaborar un método laboral que nos beneficie. Rezo para que no retrase una hora el reloj y sigamos teniendo horarios escolares o laborales totalmente caóticos. Seremos europeos, pero para lo horrible y para lo miserable -como diría Woody Allen-.

Después, cada uno tendremos una opinión, usted la suya y yo la mía. Contaré la mía, que para eso (no) me pagan. Se me viene a la cabeza aquello de que "uno acaba convertido en lo que promete destruir". Me refiero a que la solución que proponen, desde un punto de vista del liberalismo económico claro, suena más bien a todo lo contrario: a un control aférrimo de las vidas de los demás, es decir, el lado más oscuro del comunismo. Otro pensamiento muy fuerte es que no me gusta nada esa mala costumbre de esa nueva Europa que están "construyendo" - nunca la tercera pesona del plural había venido tan bien, y el verbo construir tan mal- de querer que todos seamos iguales. Un alemán, un inglés, un francés y un español tendrán siempre cosas en común, objetivos que llevar a cabo juntos y una historia que les atañe, pero nunca serán iguales. En cierta medida esto es algo que enriquece, si se usa bien. Pero han decidido que es más fácil la destrucción de un modo de vida y el uso de otro, que el noble intento de que las cosas funcionen bien, cada una a su manera concreta.

A la conclusión a la que llega uno es que es necesaria una mayor implicación ciudadana y una consulta para esta encrucijada, porque por mucho que usted y yo nos imaginemos al científico, él no debería tener derecho a decidir ciertas cosas. Si no conseguimos una participación así para este y otros temas, no tardará en surgir un señor Burns que nos tape el Sol para ganar él más dinero con su central nuclear. Desde este punto de vista, no olviden que los interruptores de la luz los suelen poner siempre a la derecha. Los diestros están de enhorabuena.


sábado, 14 de septiembre de 2013

El "punto ciego" de El Padrino

En una reciente entrevista al escritor Javier Cercas por su novela "Las leyes de la frontera" comentaba un elemento que incluía siempre en todas sus obras, y que me pareció de lo más interesante. Se trata de un punto ciego, y me entusiasmó de sobremanera. Para que no exista dudas de qué es exactamente dicho punto, incluyo un fragmento de una entrevista a Cercas donde lo explica:  

Usted tiene una teoría, la del punto ciego. ¿De qué se trata?“Esto es una idea que había empezado a elaborar hace tiempo y llevo mucho tiempo dándole vueltas y que parte de mi experiencia personal. Hoy estaba desayunando con Vargas Llosa y me volvió a preguntar y creo que voy a escribir un libro o ensayo sobre el asunto. Porque en parte empecé a formularlo cuando escribí un ensayo sobre La ciudad y los perros. La idea es que en toda gran novela hay un punto ciego, es decir, un punto a través del cual no se ve nada, pero ese no ver nada es precisamente el modo que la novela tiene de ver. Ese silencio es lo que hace elocuente a la novela”.

¿Un ejemplo?“El primer gran punto ciego está en El Quijote, es decir, don quijote está totalmente loco, de sanatorio, enfermo, pero al mismo tiempo es el hombre más lúcido y con la cabeza más clara del universo. Eso es un punto ciego. Esa es una ambigüedad esencial que no puede resolverse y en la cual radica el corazón de la novela. Toda novela parte de una pregunta. La novela es la búsqueda de una respuesta a esa pregunta y cuando llegamos al final del libro, no hay respuesta. La respuesta es la propia pregunta, el propio libro, la propia búsqueda de una respuesta. Las novelas no ofrecen respuestas claras, inequívocas, taxativas, como si ofrece la ciencia, la historia, el periodismo. El ejemplo más claro es el de Kafka. De qué acusan a K. No lo sabemos y ese es corazón de El Proceso. Todo lo que la novela tiene que decir está ahí y no lo sabemos”. 


En mi opinión, es muy importante lo que se ha comentado aquí. Como de costumbre, al leer y comprender este concepto, mi mente voló hacia la mayor obra que conozco, aunque saltemos de la escritura al cine: El Padrino. De pronto, comprendí que es posible que las películas de Francis Ford Coppola contasen también con el famoso punto. En especial la segunda parte, quizás la más compleja de las tres, y por tanto la que más recompensa en cuanto a satisfacción para quien la ve y la entiende y disfruta con lo que se quiere contar.

La película que se estrenaba en el año 1974 rompiendo para siempre con el dicho de que las segundas partes nunca fueron buenas, es una de las obras más oscuras del cine. Es posible que su grandeza radique en que es de difícil comprensión. No es difícil porque la narración tenga fallos, al revés, se trata de una película contada de la mejor forma imaginable. A pesar de su duración se tiene la sensación de que no sobra ni una sola escena.

Como todo en esta trilogia, el hecho del punto ciego gira en torno a Michael Corleone. En el momento mismo de reflexionar sobre lo que supone esta teoría a la hora de la elaboración de una historia, poco importa que sea en una disciplina u en otra, se me vino a la mente el argumento de El Padrino II. Antes de nada, es necesario decir que a partir de este momento se comentarán partes de la película. Lo digo para no destriparla a nadie. En fin, el caso es que tirotean a Michael en su casa, donde duerme su mujer, donde sus hijos entran y salen continuamente, y el punto ciego nos atrapa. No entendemos nada, no sabemos qué planea, no sabemos a ciencia cierta de quien sospecha y de quien no.

Es posible que esta teoría sea la causante de ese dicho tan común de "veo El Padrino por vigésima vez y todavía descubro detalles nuevos". Y es que se produce ese hecho inequívoco que consiste en que el director no quiere darnos toda la información. Es posible que ni siquiera él sepa lo que ocurre en su película, que quiere que la ambigüedad se apodere de la acción y que sea un público inteligente el que dé respuesta a los hechos.

He aquí algo clave, dar respuesta. El autor (director) formula preguntas y el publico intenta resolverlas. Sin esta dualidad la literatura no podría existir. Ni el cine ni ningún elemento que pretenda ser narrativo. Y a veces no hay respuestas, pero en la vida hay muchas ocasiones en las que es fundamental a la vez que muy enriquecedor reflexionar sobre algo, aún a sabienda de que es la pescadilla que se muerde la cola. No hay solución, no hay final. El cine que nos propone Coppola es así.

No sé cuantas veces habré visto El Padrino II, y sin embargo ¿Quién entiende por completo lo que sucede en gran parte de la trama? ¿Quién ha traicionado a quién? ¿Qué pretende Michael cuando se dirige a Hyman Roth y a Pentangelli, sospechosos los dos de traición, y les dice exactamente lo mismo? ¿En qué momento se da cuenta del inocente? No me avergüenza afirmar que son preguntas a las que aún me cuesta responder del todo cuando veo la película, aunque uno se haga a la idea. Y creo que esto es por el gran punto ciego que supone Michael.

Michael Corleone es un hombre poderoso, inteligente, que lo tiene todo como para decir "llego hasta aquí, voy a dejar este negocio y a dejar a mi familia en una buena posición", y hace todo lo contrario. Como ya dije en otra entrada, su ambigüedad radica aquí, en que no le entendemos a él, y que muchas veces tampoco nos entendemos a nosotros como espectadores a la hora de ver la película. Solo con el punto ciego podemos entender nuestra posición extraña, en la que sentimos una cierta complicidad.

La paradoja es que un hombre tan malvado, un asesino que es capaz de mandar matar a sangre fría a su hermano, haga todo precisamente por salvar a su familia. Es el momento en el que la película no nos permite ver nada, y sin embargo lo vemos todo. Comprendemos cada uno de los sentimientos de Michael gracias a la narración magnífica de los guionistas, y al ser cine, con un enfoque que es inmejorable. La trilogía nos plantea muchas preguntas que hacen temblar los cimientos de nuesta moral y nuestro pensamiento, pero llegamos al final y no obtenemos respuesta, no hay solución, todo está perdido. No encontramos nada claro, pero creemos que lo sabemos todo. El Padrino es la vida.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Periodismo, exigencias y gratificaciones

A pesar de ser el título de este artículo más propio de una asignatura pesada y pomposa de lo que nos hacen estudiar en la carrera, que nadie tema que no van por ahí los tiros. Se trata de una reflexión de alguien que asoma la cabeza por este mundo, en el de los medios, y que se asusta ante ciertas actitudes. Ojo, uno se asusta pero no se sorprende, ya que es por todos sabido lo que hay en el mercado laboral, en este oficio u en otro. Por tanto, el único fin de quien escribe es contar ciertas actitudes, más bien, hechos que ocurren y son hechos del periodismo. Más que nada, para que se tenga un poco de consideración con los profesionales, aunque no se tenga con la derivación de la profesión.

Cuando un joven o una joven periodista, o estudiante aún, consigue poder realizar una labor en un medio, debe tener unas cuantas cosas claras. Por supuesto, tendrá que pasar mucho tiempo para que se lleve una remuneración por su trabajo. Esto pasa en los medios tradicionales, en los que se abusa hasta el extremo de becarios, pero en especial es destacado este acontencimiento en los medios surgidos en Internet. Antes de nada, diré la parte positiva del asunto: Estos medios dan una oportunidad de desarrollar la labor periodística, por lo que en un momento de crisis es clave.

En estas páginas web en las que se trata de hacer periodismo digital, existe una doble moral muy peligrosa. Por un lado, se intenta hacer un trabajo de calidad  y también incorporarse al mercado como un medio más, que ofrece unas posibilidades muy buenas a la audiencia. Pero por otro lado se cometen errores de bulto en proyectos que intentan ser profesionales. Al parecer,  el dotar de contenido a una web no tiene ningún valor, no merece ser recompensado como todo el mundo entendería que debe serlo si se rellena una hoja de papel.

Alguno pensará que qué derecho tiene un estudiante de nada exigir un salario, que ya tendrá tiempo. Ahí está el primer error, en asumir que solamente un joven puede ocupar el lugar de redactor de un medio digital, cuando para nada es así y muchos profesionales en paro acaban por dar con estos lugares en los que desempeñar su labor... sin recompensa alguna. Ah, y los jóvenes también tienen derecho a cobrar. Todo el mundo está al tanto de la bestial crisis publicitaria que deja muy lejos que cualquier plataforma se financie, pero es de ingenuos pensar que el pastel, ya sea más grande o más pequeño, es repartido por igual para todos.

Además, cabe añadir un hecho. La exigencia de unos conocimientos que no te los propociona nadie. Ni la enseñanza estudiantil, ni el propio medio. Da la sensación de que uno debe estar más pendiente de la informática, de saber cómo colgar un foto, es decir, de todo menos de lo que debería ser lo más importante, lo que escribe, la labor del periodista. Al final, la situación es la de siempre. No existe una apuesta firme por parte de la empresa de un proyecto serio y motivante, ya que hay que ser ingenuo para pensar que el periodismo saldrá a flote con esta precariedad. Solo cabe esperar que los creyentes del periodismo no pierdan la fe, porque ese día todo estará perdido.

lunes, 19 de agosto de 2013

Sobre la escritura

          Puede que cualquier otra persona hubiese tenido una reacción muy diferente tras ver El efecto mariposa. Sin embargo yo no le di apenas vueltas a la que quizás sea la enseñanza más importante de la película: Dejar las cosas como están, no plantearse qué podría haber pasado si tal cosa hubiese sucedido de manera distinta. Centré mi atención en lo que más me atañe, es decir, la recuperación de los recuerdos. Me concierne porque dicha recuperación es un proceso absolutamente necesario para cualquiera que se dedique, ya sea profesionalmente o no, al proceso de la escritura.

          Estamos hechos de recuerdos, de vivencias, de anécdotas. Estamos hechos de nuestros deseos, pasiones, frustraciones, de nuestros sueños, tanto de los que seguimos empeñados en conseguir como de los que desechamos. Es posible que estemos sobre todo fabricados de tal forma, que precisamente sea aquello doloroso que nos ha pasado, lo que nos marque de por vida, nos dé un carácter, una identidad y unos valores muy determinados. Pues bien, no conozco mejor método de conocerse a uno mismo, que a través de ponerse a escribir. Y creo que cualquiera que haya probado esto me dará la razón sin vacilar un solo instante.

          Aunque la experiencia que yo ahora mismo pueda poseer es relativamente pequeña, es más que suficiente para afirmar lo anteriormente dicho. Pocas veces uno se pone a crear una historia, a escribir un artículo, reportaje o noticia, con la intención de soltar lo que lleva dentro -aún así, esto también existe-. Ya sea un caso u otro, el bálsamo que se recibe es monumental, en especial para el que lo ha hecho inconscientemente. Uno percibe que aquello que se ha sacado de la manga, realmente se lo ha sacado de un lugar mucho más profundo de su ser. Que, intencionadamente o no, el texto que acaba de crear tiene su ADN y su genética, como si de un hijo se tratase.

          Es un buena experiencia poder observar como aquello que uno tenía escondido dentro de sí, que al parecer no era más que un viejo recuerdo, una anécdota que no se sabía bien por qué se le había quedado grabada, es algo mucho más grande. Se convierte en un elemento que tiene dos caras: La primera es la obtención de un producto de calidad a través de algo muy puro, que ha nacido dentro de nosotros mismos. La segunda es el bálsamo antes citado, la liberación, la sensación de que por medio de ese producto obtenido, también hemos conseguido una salvación propia.

          Es posible que ésta sea la recompensa que ofrece la escritura. La escritura te da mucho, cuando tú le das mucho. Si uno le da un producto que quede para siempre en los anales de las letras, sin duda alguna la recompensa interior es sin igual. Es un gran intercambio, a mi parecer. Además, siempre está presente la universalización. Se trata del proceso en el que un elemento, al parecer pequeño e insignificante, se transforma en algo que adquiere una talla mundial. Y, por supuesto, no me refiero a la fama, si no al hecho de que nuestra experiencia se convierte en la experiencia de todos (de todo el que nos lea).

          Para finalizar, querría hacerles reflexionar acerca de un fenómeno. ¿Por qué es por todos creído (me incluyo) que es mejor escribir por la noche? ¿Por qué estamos más inspirados? O, incluso ¿Por qué muchos creen que es mejor escribir en el momento en el que uno se siente mal, angustiado?  Creo haber encontrado algunas respuestas. Es probable que sea mejor escribir cuando ha acabado el día porque nos vemos alejados de ese barullo insoportable, también llamado por otros como "sociedad". A altas horas de la madrugada escasea el ruido, no existen las distracciones. Por lo tanto, nos vemos atrapados por nuestro yo más puro, en ese instante somos nosotros mismos... y si queremos plasmarlo, es el mejor momento.

          Respecto a la tristeza, qué puedo decirles. Somos seres humanos que a veces sobrevaloran los estados de ánimo, y es posible que percibamos con mayor claridad la penumbra de nuestros sentimientos, paradójicamente. No quiere decir que cuando estemos alegres todo lo que escribamos sea malo, simplemente creemos menos en ese momento en nosotros mismos, y nos gusta exaltar nuestra melancolía. No se me ocurre cómo ponerle punto y final a esto, que me ha quedado mucho más largo de lo que intuía, será que dentro de mí tenía mucho más que decir de lo que hubiese imaginado al comenzar.

sábado, 10 de agosto de 2013

No me hagan mucho caso

Bajo un sol de justicia me encontraba esta mañana, en pleno centro, con el verano dándome más fuerte que nunca en la nuca. Llevaba en la mano A sangre fría de Truman Capote. Lo había comprado a raíz de fascinarme por la historia del escritor y el proceso de creación de la obra, algo que por cierto recomiendo seguir a todo el mundo. Sin embargo, sería un poco más tarde cuando me diese cuenta de por qué necesitaba tener ese libro, justo en ese momento. Sí, necesitaba el primer relato de "no ficción". Confiaba en que al poder leer una novela que en realidad se trataba de unos hechos reales perfectamente construidos para el gran público, yo pudiera conseguir en ese momento el efecto contrario. Sí, que la realidad que me rodeaba, fuera ficción, una mera novela. Y no se crean que busqué este efecto por voluntad propia, no, mas bien era una cuestión moral, lo que a la larga era y es para mí y para todos una cuestión de supervivencia.

Evasión. Puede que alguno piense que es una solución cobarde, pero en ocasiones no tenemos otro remedio que ser ajenos a nuestra realidad. Y esto no significa no sufrir, no padecer, si han pensado que es una solución fría se equivocan, es una solución hecha a medida para los que nos vemos atrapados por esos problemas que son a la vez tan mundanos como imposibles de erradicar. Mientras ese sol entrecortaba mi perspectiva, y mi libro me daba ese poder mágico de intercambiar realidad y ficción, me veía atrapado por la banda sonora de nuestras calles. Y es que me gustaría comentar sin ninguna frivolidad el aumento considerable de hombres sin hogar, vagabundos, gente sin casa, sin familia, enfermos, personas sin recursos que hay en nuestro día a día. Ya no es posible salir a la calle sin toparse con más de dos y de tres rostros que representan la cara oculta de nuestra sociedad.

Por suerte hoy, yo tenía mi arma, mi novela. Pero no es oro todo lo que reluce. A sangre fría había actuado cómo el bisturí del padre de Millás (abría la herida y la cicatrizaba al mismo tiempo). Sin duda en ese momento el hecho de tener una novela en mi mano, y el hombre que me pedía no tener más que un cartón, me hizo sentir miserable. Hizo que me replanteara hasta que punto yo y todos sacamos de quicio problemas, que no sé cómo nos atrevemos a llamar problemas. Pero no se equivoquen, no pretendo juzgar aquí a cada uno, no, más bien esto es una confesión, para que me perdonen a mí y a todos los que usamos después lo que abrió la herida (en este caso un libro, pero también puede ser una película) como método de escapada, de huida de la realidad.

A partir de este momento cada vez que encuentre a mi paso un elemento de nuestra sociedad que no me guste especialmente, haré el proceso contrario que Truman Capote. Novelizaré cada realidad que merezca ser ficticia e imaginaria. Porque ya saben, en nuestras calles nos podemos topar con indigentes, y con el otro extremo de la raza humana: Chicas que no superan los quince años y llevan unas horrendas camisetas de baloncesto (de imitación por supuesto) y que dejan por los suelos el número que Michael Jordan hizo grande, el 23. Aunque he de confesarles algo, el genio Jordan también se ha apuntado a ficcionar la realidad, si no, no se entiende que le sorprenda el hecho de que llevarse esos millones que se lleva al año no tenga un lado negativo. El capitalismo neoliberal que lo llaman. Y no me llamen comunista que les veo venir.

No obstante, y ya para finalizar, si no les gusta lo que les rodea, o no se gustan ustedes mismos, yo les ofrezco una solución todavía más barata que leer o ver una película. Cuando nadie les vea, vayan a la habitación de sus suegros. Rebusquen en los cajones hasta dar con los calzoncillos más caros que hayan visto jamás. Superen el miedo que les puede dar usar esa ropa interior y póngansela. Acto seguido salgan a la calle. Es posible que el problema que existía a su alrededor no se haya marchado, pero sin ningún lugar a dudas usted lo verá de manera diferente. Estoy plenamente convencido de que la ropa interior tiene un efecto mágico que da la personalidad de su dueño a quien los use. Tras decir esto quizás alguno esté pensando en usar la faja de su suegra, no lo sé. Y perdonen, hoy he confundido la realidad con la ficción. Acabaré el artículo cómo le gustaría a mi madre: No me hagan mucho caso.