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miércoles, 28 de marzo de 2018

Las manos que tiene la lluvia




No sabría concretar cuántos, pero hay un número limitado de temas en la literatura o en la ficción contemporánea. No creo que sobrepasen los 30, como máximo. Los asuntos que inquietan al ser humano son los que son y por eso existen obras que siguen vigentes a pesar de que se hayan escrito hace cientos de años. Son los clásicos, y tienen la virtud de perdurar porque conectan con aspectos de nuestra personalidad que no van a cambiar. Quizás, en lugar de temas, deberíamos hablar de preguntas. Forman parte del número de preguntas que nos hacemos. Por eso, no se puede esperar que haya ninguna nueva creación artística que presente un tema candente completamente nuevo. Lo que de verdad indica que una obra creativa merece la pena, o no, es la forma.

Al final, es tan fácil como responder a si hay o no emoción en lo que transmites. Un poema no usa palabras inventadas ni habla de asuntos complicados, tan solo tiene la capacidad de expresar belleza cuando juntas una palabra con la otra. Esta unión nunca antes se había dado. Y funciona. No creo que hacer radio sea un arte, pero también funciona de la misma manera: encontrar algo que hace “clic”. Funciona y emociona. Un reportaje o un documental puede funcionar o no dependiendo de una canción: de su elección, colocación y montaje. Encontrar la pieza que hace encajar a todas las demás es la pasión del que se dedica a ello. El montaje del cine debe ser muy parecido. El montaje me parece lo mejor que tiene ‘La forma del agua’. ‘La forma del agua’, funciona.

En la película de Guillermo del Toro es más importante lo que no se dice. Bueno, lo que no se dice en forma de diálogos: no trata al espectador como a un inferior. Porque sí es una película que dice mucho en su lenguaje audiovisual. Creo que el personaje del malo malísimo sería completamente distinto si nos quedásemos solo con lo que dice, porque lo que realmente importa es lo que no nos está diciendo pero la película nos está contando: las embestidas en la cama a su mujer son la dominación que trata de ejercer sin éxito en su trabajo; su mano en gangrenada es la prueba de que él es el verdadero monstruo de la película; el hecho de que no se lave las manos después de orinar pero sí antes es una prueba de que solo le importa él mismo y absolutamente nada todo lo que rodea. Crear un malo tan potente y tan sutil al mismo tiempo es uno de los grandes aciertos.

Una muda, un homosexual, una negra y un monstruo. Estos son los buenos de la peli frente a un hombre blanco, americano, capitalista y heterosexual. La elección de la época es muy acertada: probablemente en la Guerra Fría una muda, una negra y un homosexual habrían estado tan discriminados como un monstruo. También es un acierto porque la codicia por el monstruo tiene un sentido histórico: la tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que habrían echado una carrera hasta por Naranjito.



Si hablamos del agua tenemos que volver a la forma de contar las cosas. El agua, evidentemente, aparece de muchas formas: como gas, como lluvia que cae del cielo, como agua hirviendo unos huevos duros, como agua en la bañera, como lugar en el que tener sexo con uno mismo, como lugar en el que tener sexo con un monstruo y como vaso de agua del malo. Me acordé de unos versos que seguramente hicieron famosos la película de Woody Allen ‘Hannah y sus hermanas’: “Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas”. El agua representa lo sutil, pero al mismo tiempo lo potente. El agua puede ser un riachuelo o un maremoto en el que morir ahogado. El agua nos da la vida y nos la puede quitar.  Lo que a mí me cuenta ‘La forma del agua’ es que el agua tiene la capacidad de permitirnos encontrar a alguien a quien ya hemos perdido.

¿Es imposible empatizar con un monstruo? Por supuesto que no, porque el monstruo solo es una metáfora. El gran tema del que habla esta película es el amor. El gran tema de nuestros días. También, del rechazo al diferente. ¿Por qué funciona esta composición? Por su forma, porque nos introduce en una estética en la que estamos a gusto. Es posible sentirse identificado con cualquier historia, por muy lejana que a priori nos resulte. Tan solo tiene que estar bien contada.

viernes, 5 de enero de 2018

Wonder Wheel: el fuego y la redención de Woody Allen


Lo bueno de Woody Allen es que nos quita mucha presión de encima. Esa pelota de tenis que no sobrepasa la red. El anillo que no cae al agua. Que algo suceda depende de un gesto mal avenido, de un paso mal dado, de un descuido fortuito. El escepticismo y saber que no hay nadie que maneje los hilos es el drama. La casualidad. Wonder Wheel es la noria que simboliza nuestra vida: a veces estamos arriba y otras abajo pero esto no depende de nosotros. Si la noria se queda parada arriba del todo nos va a tocar esperar. La impotencia, el agua que resbala entre los dedos. Colgar el teléfono.

Y pese a que lo alleniano tiene mucho que ver con aquello que no controlamos esta es una película que habla de lo que hacemos mal y ya no tiene solución. Explica que los errores se pagan y que la vida no perdona. El mordisco de la existencia es inevitable y si la cagamos el dolor va a ser todavía mayor. Wonder Wheel es una película que habla de la redención. Nos cuenta que no suele haber piedad con aquellos que buscan comenzar de cero y que pocas veces hay segundas oportunidades.

Woody Allen consigue ser más cabrón todavía. De lo que habla de verdad esta historia es que si eres mayor estás condenado. La llama de tu volcán interior la van a apagar. Tanto el personaje de Kate Winslet como el de Juno Temple buscan otra vida. Ambas tienen pasiones, ilusiones, ganas, talento y cariño a raudales. Sin embargo, lo que la película cuenta, es que la que tiene 20 años menos es la que tiene alguna posibilidad de salvarse de una vida plana, sucia y triste. La que tiene más de 40 está atada a una existencia que no desea llevar pero de la que no se puede desprender. Kate Winslet desprende verdad en cada escena y es, de lejos, lo mejor de la última película de Woody Allen.




La fotografía es espléndida y no es gratuita. Hay personajes, como el de Jim Belushi, que nunca reciben esos rayos de sol anaranjados. Las mujeres sí. Están a otra cosa. Tienen arte, brillan. De alguna manera, representan la fantasía y eso hace de esta película una especie de cuento. Esas dos mujeres salen de la luz y del cuento cuando el padre o marido entra en escena. Todo se apaga. Vuelve el mundo gris.

Se nota que Woody Allen ha reflexionado sobre la vejez y sobre lo que ha sido su vida. No es casual que el personaje de JustinTimberlake escriba obras de teatro ni que el de Kate Winslet sea actriz. De alguna manera son seres condicionados por ser creadores. En cambio, el de Juno Temple está muy lejos de la cultura y muy cerca de la acción. Con menos de 30 años ha vivido cosas que no se suelen vivir jamás. Al final de su vida el director de cine reflexiona sobre lo intenso de su existencia. ¿Ha perdido mucho tiempo en algo que no existe, en la ficción? Quizás esta película sea una forma de contestar o de plantear, de forma más compleja, la cuestión. La clave está en la escena final: la protagonista, actriz en el pasado, se viste de actriz. Y sobreactúa. No sale de su vida. Pero cae en la ficción. Woody Allen nos dice que todos estamos siempre actuando.


Kate Winslet tiene un hijo pelirrojo que recuerda mucho al Woody Allen de Días de Radio. Es un niño que solo desea ir al cine y quemar cosas. De nuevo, la ficción. La ficción como vía de escape, la ficción como la forma de adentrarse en un mundo mejor del que tienes en casa. Pero, ¿qué significa el fuego? La película acaba con este niño, de nuevo, quemando cosas. Los niños son siempre los más frágiles. Ellos pagan las consecuencias de los errores sin vuelta atrás de los adultos. Los reproducen cuando son mayores. También, en sus relaciones amorosas. El fuego es el trauma de todos. Es la liada que todos vamos a cometer en cuanto seamos adultos y conozcamos la noria que es la vida y el amor.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Cinema Paradiso y por qué inventamos la realidad

¿Por qué nos emocionamos tanto en la escena final de Cinema Paradiso? ¿Por qué da igual que sea la primera o quinta que ves ese fragmento? ¿Por qué el llanto es incontrolable? Creo que es la pregunta que nos hacíamos todos tras la proyección de esta película de Tornatore en Cinemascopazo. Por cierto, aprovecho estas líneas para reivindicar este espacio de cultura, diversión y divulgación. Ojalá continúe mucho tiempo.

Sí, voy a contar la escena final de Cinema Paradiso. Spoiler a continuación...



La escena final de Cinema Paradiso es la recopilación de todos los besos que en pantalla un día fueron censurados. El desaparecido Alfredo se lo deja como último regalo a Totó, protagonista de esta historia. Su emoción en pantalla al recordar su infancia es la misma que siente cualquier espectador con un mínimo de empatía. La  pregunta que acabo de plantear es muy complicada de resolver. De hecho, puede que no tenga respuesta o que tenga demasiadas. Quizás haya una muy simple y es que somos muy sensiblones. No es descartable. Sin embargo, no me he querido quedar ahí porque no se puede resolver un interrogante complejo con uno tan sencillo. Sería banalizar nuestra emoción.

No sé muy bien por qué pero me he acordado de una cosa que dijo Ignatius Farray en La Vida Moderna. Lo que contó fue que el beso en la boca, tal y como lo conocemos hoy en día, es un invento del cine. No tengo claro que sea exactamente tal y como él lo cuenta, pero tampoco va muy desencaminado. Es evidente que antes del cine mucha gente se besaría en la boca. Eso sí, y aquí tiene toda la razón Ignatius: el cine y el arte en generaltienen mucho que ver en que se socializara y popularizara el beso en la boca. Pasa de ser algo privado y lascivo a una imagen que las personas quieren imitar porque la ven en práctica en la pantalla grande. Por eso tiene sentido que el cura de Cinema Paradiso (y casi todos los curas del mundo) censuraran esas partes de la película. El cine fue un arma básica para conseguir que seavanzara en la revolución sexual.



Me vuelvo a hacer una pregunta: ¿si el cine inventa en cierta medida el beso como algo romántico, el cine inventa la realidad? ¿La inventamos nosotros a partir de lo que vemos? Y es aquí donde me surge otra frase que me parece básica para entender el amor. Es de David Foster Wallace: Todas las historias de amor son historias de fantasmas. Creo que esta afirmación es real porque todos inventamos el enamoramiento y la realidad. Todos nos formamos una idea en la cabeza de la otra persona que, de inicio, nunca se asemeja a la verdad. Son historias de fantasmas porque son historias de personas que no son reales del todo, sino que son personas que nosotros fabricamos a nuestra medida.


¿Por qué nos emocionamos tanto en la escena final de Cinema Paradiso? Quizás la respuesta a esta pregunta está en otra pregunta. Puede que esa pregunta fuese algo así como: ¿por qué tenemos la necesidad de inventar el enamoramiento, a las personas de la que nos enamoramos y a las distintas formas como el beso en la boca? No tengo respuesta a esta pregunta pero sí creo que todo esto tiene que ver con el final de Cinema Paradiso. Que en aquellos años nos robaran los besos era como que nos robaran una parte de nosotros. La parte de la imaginación, de la ensoñación, de la construcción de nuestros esquemas sociales. De nuestra capacidad de inventar la realidad. Entonces, ver uno tras otro todos los besos que han sido robados, ahora recuperados, es un subidón: de nuevo, nos vemos con las armas para seguir fabricando nuestra propia realidad. 

domingo, 22 de octubre de 2017

"En ETA se comía de puta madre": El crimen y la comida



En ETA se comía de puta madre. Es una frase que aparece en la película Fe de etarras, que se ha estrenado recientemente en Netflix. Esta es una historia que cuenta la decadencia del terrorismo etarra. Sin más. Les pone frente a un espejo y aparecen todas las deformidades. Por supuesto, se cuenta a través de la risa y la broma. Pero, sobre todo, se cuenta mediante la metáfora. No es intrascendente que el personaje principal, Martín, que interpreta Javier Cámara, diga que antes en ETA se comía de la hostia.

El contraste es obvio y la película lo quiere reflejar. En la primera escena los terroristas son profesionales, viven en un piso franco en condiciones y sí, comen de puta madre. En el siguiente acto vemos a terroristas que son caricaturas, viven en un piso que parece de una señora mayor que ha alquilado su casa a unos estudiantes y, sí, comen de puta pena. De hecho, se comen las croquetas de una española. Ahí podría terminar la película en lo que a mensaje se refiere.

Hay argumentos para aplaudir optar por la comida para crear metáforas.  El primero tiene que ver con la propia historia de ETA. La banda terrorista tenía falso atractivo para jóvenes que veían una salida a un mundo que no les gustaba. El atractivo de la vida del criminal: esconderse, la retaguardia, los pisos francos. Para muchos un estilo de vida que no merece la pena. Para otros, el único estilo de vida que aceptan.

No estoy diciendo que nadie se metiera a ETA porque se comiera bien, pero además de falso es una estupidez. De hecho, muchos puede que las pasaran putas en este estilo de vida que tanto querían. Pero sí tiene mucha fuerza como parodia: convertir una realidad en una exageración para ayudar a comprender. En la película, este estilo de vida se ve reflejado en los etarras que comen un pescado y beben vino. Los que se comen las sobras, están en las últimas horas de la vida de la organización.



La comida y el crimen no es algo que se invente ETA o Borja Cobeaga, guionista de la película. Pongo el ejemplo más claro: El Padrino. Hay quien dice que, cuando en esta película aparece la comida, es que alguien va a morir. Es un poco exagerado, ya que si se fijan aparece comida continuamente.

Cuando reciben un pescado podrido, eso significa que Luca Brasi está durmiendo con los peces. Don Corleone es acribillado comprando fruta, y muere en el huerto de su casa. Michael mata por primera vez en una cena. Johny Ola va siempre con una naranja. Más allá de los mensajes sicilianos, la comida ayuda a normalizar y acercar el crimen. Así de crudo.

Ningún personaje es concebido por sus creadores como un malo que sean tan horrible como para que el espectador no pueda entenderle. Eso haría imposible ver más de una película, como, por ejemplo, El Padrino. Ver a Michael y a Clemenza preparar albóndigas te ayuda a humanizarles, y es algo casi necesario, ya que en la escena posterior les vas a ver matando a sangre fría.



El objetivo es que todos estos criminales te recuerden a ti, a tu familia o a tus amigos. Romper barreras con el crimen, dar a entender que cualquiera puede ser un asesino. Esto asusta, pero en la ficción es un arma bestial para generar obras potentes. Precisamente, esto está muy de moda, principalmente en las series: Breaking Bad, House of Cards, Los Soprano o True Detective. No todos son mafiosos, pero sí todos son ambiguos. Son criminales y, en otras ocasiones, seres normales.



Otro gran ejemplo es el de Pulp Fiction. En este caso, Tarantino está más cerca de Fe de Etarras que El Padrino. Otra vez, la comida tiene un significado: la parodia. Los asesinos comen hamburguesas, igual que tu vecino. De nuevo, esa humanización. Los asesinos quedan para cenar, igual que tu mejor amigo. Cada vez, más cerca de tu realidad.




Lo que menos me interesa de Fe de etarras son los chistes, aunque no son malos y consiguen que me ría en muchos momentos. Además de las metáforas, me gusta que es una comedia que está a mitad de camino hacia el drama. Suele cumplirse que la risa aparece más en los grises que en los negros y los blancos. La sutileza puede ser muy graciosa. A mí, de Cobeaga, lo que más me interesa es Negociador. Después vendría esta película y, en último lugar, Ocho apellidos vascos. Con Fe de Etarras me encuentro algo divertido pero, sobre todo, inteligente. 

jueves, 19 de octubre de 2017

Blade Runner 2049: Pensar




Salgo del cine y pienso en la gran importancia que tiene para la cultura saber comunicar. La necesidad de establecer puentes con el que la consume. De hecho, sin comunicación no hay cultura. Un libro que nadie ha leído no ha tenido la opción de convertirse en cultura, y una película que no se entiende es un gran fracaso. La cultura no puede ser para eruditos porque es algo inherente al ser humano.

‘Blade Runner 2049’ no es una película especialmente sencilla, pero dialoga a la perfección con el que se sienta a verla. Es digna sucesora de su primera parte porque, sin necesidad de hacer una copia cutre, la homenajea y recupera sus grandes temas, que por supuesto siguen vigentes. Son las grandes preguntas que el ser humano siempre se hará: quién soy, por qué estoy aquí, cuál es mi origen.

Junto con las preguntas vitales aparecen cuestiones más de carácter social o evolutivo. Se trata de una película con inquietudes, si se me permite la licencia. Propone hablar de un futuro posible y que tiene que ver menos con la ciencia ficción de lo que nos pensamos. ¿Hasta qué punto los problemas ambientales afectarán a La Tierra? ¿Es responsable generar una tecnología que puede ser dañina solo por el mero hecho de que se tienen las herramientas para generarla? ¿Vamos a ser capaces de gestionar nuestro mundo sentimental en una sociedad robotizada?

En torno a estas cuestiones se crea una historia que está bien contada, que funciona, es original y entretiene. Ryan Gosling cumple con su función. Harrison Ford está para pocos trotes, y se nota, y por eso sale tan poco. El final de la narración no está a la altura del resto de la historia, pierde mucha fuerza. Lo más complicado se consigue: se dan todas las circunstancias para que casi tres horas de película no se hagan pesadas. ¿Podría haber durado menos? Sí, pero yo no prescindiría de ningún elemento para ello.

Hay dos constantes de la primera película que se mantienen: la calidad audiovisual y sonora. A mí no me convencen solamente con esto. Poco me puede sorprender de lo que nos puede ofrecer la gran pantalla en este sentido. Simplemente, busco otras cosas. A los amantes de los planos espectaculares les encantará esta película.


La cultura no debe ser pedagógica, al menos, no explícitamente. No te debe decir lo que pensar. Te debe hacer pensar. Es la diferencia entre aprender y adoctrinar. La cultura debe generar preguntas. Lo normal es que estas preguntas no tengan solución, lo más común es que haya muchas soluciones que generen más preguntas. Hacerse preguntas es, tan solo, una forma más de sentirse humano. De estar en el mundo. ‘Blade Runner 2049’ nos ayuda a cultivar este terreno. 

lunes, 16 de enero de 2017

Silencio: La fe, del lado más íntimo al más político



Para los que somos ateos o agnósticos siempre ha sido difícil entender a los creyentes. Especialmente, cuando sucede una catástrofe, ya sea a un nivel masificado o personal. “¿Cómo puedes creer en un Dios que permite que pase esto? ¿Por qué Dios deja que exista el mal en el mundo?”. He de decir que desde mi lejanía en creencias, nunca he compartido estas preguntas.

Incluso algunos ateos están enfadados con Dios. Esto es una broma: Si crees que Dios no existe, no le puedes pedir nada. Pero estos temas mejor dejémoselos a Woody Allen. Al final, estas preguntas que comento se las hace mucha gente, ya sean creyentes o no. Y, salvo casos que conocemos como milagros, no hay respuesta. De eso va le película de Martín Scorsese. La película se llama “Silencio”.

Me he acercado a este proyecto con una cierta distancia: no quería estar influido o llevar una idea preconcebida. Pero ha sido inevitable y tenía, ya en mente, diversas ideas. Como que la película era larga. Bueno, esto algo objetivo, comparándola con la media de duración de las proyecciones de hoy en día, es algo larga. Otra cosa es que sea pesada o aburrida. A mí me ha enganchado y el cuerpo me pedía más. Un señor de mi derecha roncaba y no le puedo culpar por ello.

Silencio cuenta la historia de dos sacerdotes jesuitas portugueses que viajan a Japón para expandir el cristianismo. Andrew Gardfiel es Sebastiao Rodrigues, el sufrido protagonista y Adam RiverKylo Ren- es Francisco Garrpe, su acompañante. Se narra una etapa histórica en el que Japón, a través de su Inquisidor InoueIssey Ogata – inicia una dura persecución contra los cristianos, a los que no duda en asesinar y torturar.



Esta es la parte histórica del film. Pero el gran tema de la película es la fe, las dudas inevitables que surgen en torno a ella tanto para los que creen como para los que no creen o han creído en algún momento, y las repercusiones que tiene en la sociedad. La historia es interpretable y he llegado a leer opiniones opuestas. Por un lado, que lo que se cuenta puede llegar a generar un resurgimiento de los valores del cristianismo y, por otro, que la religión provoca los peores valores de la humanidad, siendo esta una mera manera de transmitirlos.

Creo que la película no me aburre porque el protagonista no deja de sufrir, y ese hilo de conductor es muy potente. Es complicado desprenderse. Para que me entiendan, es un dolor que no tiene nada que ver con el de Leonardo Di Caprio en "El Renacido". En ese caso, el dolor físico era la unión, en este caso hablamos de un quebranto espiritual que yo no recuerdo en el cine.

Yo no señalaría intencionalidad en Scorsese, más allá del lógico homenaje a aquellas personas que sufrieron. No me parece que se busque recuperar los valores religiosos ni, tampoco, hablar del mal que la fe provoca en el mundo. Busca contar una historia. Historia en la que, por cierto, no debemos perder de vista que los cristianos no dejaban de ser colonizadores que querían imponer su dogma. No justifica esto lo sucedido, pero es necesaria la perspectiva.


No es una película política, todo lo contrario, habla de las creencias desde un punto de vista muy personal. Pero sí me gustaría acabar con esa pincelada. La razón por la que algunos japoneses no querían que el cristianismo se extendiera en su país, es política, para perpetuar su modo de vida y su estructura de sociedad. La religión articula la manera de pensar y, por tanto, el devenir de una cultura y sus gentes. Al final, es una forma de entender el mundo. Esta es la importancia que la religión ha tenido en la historia de la humanidad: su traslado del mundo interior de las personas a la cloaca más sucia de nuestro planeta Tierra

lunes, 19 de diciembre de 2016

El artista

¿Quién es un artista? Vivimos en un mundo y en un país en el que lo artístico está especialmente maltratado. Se desprecia al que opta por unos estudios vinculados con el arte, porque se considera algo poco sólido, de fácil evaporación, a lo que cuesta agarrarse. No lo digo yo, lo dicen el número de institutos en el que el bachiller artístico se ha eliminado.

Ponemos muy difícil a los artistas vivir de su profesión. Apenas unos privilegiados pueden ganarse la vida solo con esta faceta profesional. Un gran número de actores y actrices necesitan otros empleos para llegar a final de mes. Además, el gobierno español da un paso más en las dificultades: un 21% de IVA cultural.

¿Quiénes son los artistas? Balas sobre Broadway, una película de Woody Allen, reflexiona sobre ello.  David Shayne (John Cusack) es un autor teatral que se encuentra con problemas para llevar su obra a cabo. De momento, este personaje podría vivir en España, perfectamente. Contaré algunos detalles sobre la película. Soy de los que piensa que los spoiler, a veces, están justificados y no estropean nada. El final de muchas obras es, en verdad, disfrutar del camino a ese final. Pero que cada uno decida si quiere seguir leyendo.

David consigue financiación para su película gracias a un gánster, a cambio de que la chica de este tenga una participación en la obra. La película cuenta con muchos personajes carismáticos, lo que ayuda a que el ritmo sea bueno, ya que aparezca quien aparezca en pantalla, garantiza un buen momento. Helen Sinclair (Dianne West), una diva del teatro que es, para que se hagan una idea, una Estela Reynolds pero de verdad: estratega, exagerada, sobreactuada y alcohólica. Warner Purcell (Jim Broadbent) es otro veterano actor que no para de comer en toda la película hasta ponerse como un tonel. Tan simple y tan gracioso como esto.



La verdadera película comienza con Cheech (Chazz Palminteri) el guardaespaldas de la novia del gánster, que le acompaña a los ensayos. Cuando surgen conflictos en la obra, este matón  se descubre como el verdadero artista. Comienza a dar consejos y parece que conoce la obra mejor que el propio autor. ¿Cómo es posible que un gorila de la mafia, sin formación y educación consiga dar el giro que necesitaba el guion?

Para el que conozca la mafia, sabrá que la lealtad es uno de los elementos más importantes. Pues Cheech está dispuesto a cargarse a la novia del jefe, ya que es una actriz nefasta. Su implicación en lo artístico es tan grande como para arriesgar su propia vida. Aquí Woody Allen vuelve a demostrar su maestría. El artista vence al asesino. Le sobrepasa.

David, el autor de la obra, termina por darse cuenta de una gran verdad: él, no es un artista. En cambio, Cheech, por muy asesino y matón que sea, sí está en contacto con las personas y con el arte. Aquí, encontramos una gran tragedia: ¿Cuántas personas se sienten artistas y realmente no lo son? ¿Cuántos cuadernos se quedan en el cajón por miedo a no valer? ¿A cuántos aplaudimos cuando no tienen un verdadero talento?

Esta película asegura que cualquiera puede ser un artista, incluso un mafioso. Esta historia nos cuenta que la formación no es tan necesaria si detrás hay verdadero talento. Pero la formación sí sirve para algunas cosas. Por ejemplo, para conocer a más gente que tenga las mismas inquietudes que tú, para darte a conocer, para descubrir claves de tu oficio o para, como mínimo, sacarte del pozo.

¿Cuántos artistas se pierden a diario en el mundo? Por falta de oportunidades, por la desigualdad. Dadas las grandes carencias que vemos a diario, parece que la cultura es menos importante. Yo no lo creo así. La cultura ayuda a cambiar el mundo, a transformar pensamientos y, por tanto, a cambiar personas. La cultura ayuda a que seamos menos bárbaros. ¿Cuántos artistas se juegan la vida saltando la valla de Melilla? ¿Hay un gran escritor, pintor o actor intentando salir de Alepo? ¿Estamos perdiendo un artista con la eliminación del bachiller artístico?


¿Quién es un artista? Lo explica Woody Allen: Cheech lo es a pesar de todo y David, por mucho que lo intenta, no podrá serlo nunca. Un artista no es, siempre, el que cree serlo o quiere serlo. Es un don con el que se nace o no se nace. 

lunes, 14 de noviembre de 2016

El monstruo necesario



“Qué calor voy a pasar en Madrid en verano” es una de las cosas que primero pensé al ver ‘Que Dios nos perdone’ la nueva película de Rodrigo Sorogoy. El ambiente sofocante de la capital española en el verano de 2011, cuando a las habituales altas temperaturas se añadió la agobiante y polémica del papa Benedicto XVI, no es un escenario escogido al azar. El contexto que se busca para contar la historia es muy claro: un estrés que acompañe al ya de por sí asfixiante caso policiaco. Un thriller intrépido.

La personalidad de los protagonistas va de la mano de este entorno enfermizo. Los dos policías de homicidios y violencia sexual son interpretados por Roberto Álamo y Antonio de la Torre. Es de esas ocasiones en las que te preguntas si el director había pensado en ellos cuando dio forma a los protagonistas en su cabeza. Sí, ambas interpretaciones son magistrales, especialmente en el caso de Álamo, que hace al personaje suyo por completo. En cuanto a de la Torre, he perdido la cuenta de las ocasiones en las que le he visto de sobresaliente.

Podríamos decir que uno hace de poli bueno y otro de poli malo. Estaríamos simplificando. Ambas personalidades son complejas y cambiantes. De hecho, la manera de ser de cada uno influye de forma muy notable en su lado profesional, pero a la inversa. Es decir, su labor policiaca les permite desinhibirse. Me ha recordado a una frase de mi abuelo sobre el fútbol: “Allí van a gritar los que en casa no pueden hacerlo”. El policía que en su trabajo es una auténtica bestia, no consigue dominar su entorno privado. Es capaz de pegar a un compañero, pero una simple adolescente le cierra la puerta en la cara. El otro, mucho más comedido de cara a la galería, está tan atormentado o más que su compañero. Y de tranquilo tiene poco.



Como todo thriller, hay un malo. Les aseguro que es un malo malísimo, de estos que el espectador desea que acabe sufriendo. Se trata de un maníaco sexual que viola y asesina a ancianas de manera brutal. El personaje está, al igual que ocurre con “los buenos”, perfectamente construido. Además, está muy bien contado el proceso en el que se descubre la identidad del asesino. Podemos encontrar falsas pistas, pistas reales muy bien explicadas y planificadas y un recurso innovador. Bueno, realmente no lo es: Hithcook lo hizo en Psicosis hace más de 50 años de manera mucho más brutal matando a la protagonista a los 20 minutos y señalando al asesino. 

No les destripo nada, aquí no muere ningún protagonista al comienzo de la película, pero sí que nos dejan ver al violador antes que a los protagonistas. Es más, la narración cambia y comenzamos a ver la historia desde su punto de vista durante unos minutos. No está mal teniendo en cuenta que lo que hace casi todo el mundo es enseñar al malo muy poquito tiempo y a punto de terminar la proyección.

Como decía, aquí no hay un poli bueno y uno malo. Probablemente, no sea una película de buenos ni de malos. Es un reflejo de la enorme complejidad de nuestra sociedad, en la que, por suerte, hay personas más o menos normales, pero con sus problemas, sus carencias, sus traumas, sus obsesiones, sus defectos, sus contrastes y sus contradicciones. También hay monstruos, que no suelen nacer de la nada, por cierto. Al final de la película, a uno le queda la sensación de que el menos malo de todos necesita al monstruo para que su existencia tenga sentido. Para ser considerado el bueno. 

domingo, 9 de octubre de 2016

La fiesta de las salchichas: Existencialismo y filosofía


La fiesta de las salchichas no es una película para niños. Esto parece obvio una vez visto el tráiler, algo que parece que muchos padres de este país no han aprendido a hacer. Informarse mínimamente. No sé si habrá sido mayoritario lo que me pasó en la sala de cine: niños teniendo que abandonar la proyección a mitad, cuando sus acompañantes adultos ya no sabían dónde meterse.

Esta película no es para niños, y como decía es evidente por los insultos y la violencia del tráiler. Sin embargo, lo que quizás muchos adultos tampoco esperábamos es que detrás de esta gamberrada hubiera tanta filosofía y tanto existencialismo. Así que me toca decir que el film no es, por supuesto, para los más pequeños, y probablemente tampoco sea para todos los adultos.

Este proyecto de animación habla sobre la muerte, la religión y los placeres de la vida. Las comidas que protagonizan la película viven en un supermercado y cada día desean ser compradas por los humanos, a los que consideran dioses que les llevarán a un paraíso prometido. Solo los que salen se dan cuenta del peligro que corren en el supuesto edén y que todo era una farsa. A partir de aquí haré spoilers de la película. No considero que se la destripe a nadie, ya que no tiene una trama de misterio en la que se desvele ningún gran secreto. De hecho, reflexionar sobre ella pueda ayudar a verla. Pero lo aviso por si acaso.

La fiesta de las salchichas es un espejo para todos nosotros. Nos colocan frente a nuestra propia realidad, aunque para ello se use a la comida. Estos alimentos tienen ritos. Al igual que los humanos creyentes rezan, ellos tienen una canción para atraer a los dioses, y así, ser elegidos. Quizás el universo de esta película pueda ser similar al que vivió la humanidad en otro momento, en el que el ateísmo no se contemplaba y todo el mundo era creyente.

El caso es que Frank, la salchicha protagonista, descubre una importante verdad. Tres alimentos no perecederos le confiesan que ellos se lo inventaron todo hace muchos años, para mantener la calma y generar esperanza y así garantizar una cierta estabilidad. Y es esta gran verdad la que sitúa a los personajes en una cuestión en la que los humanos llevamos inmersos toda nuestra existencia. Dado que, por mucho que el paraíso sea una falsedad, la alternativa no existe, y un enfrentamiento con los humanos es una utopía, ¿no es mejor esta mentira piadosa? ¿No es preferible que los alimentos vivan con esperanza y que solo sea en su final cuando descubran la verdad?



El problema no es pensar que una opción es mejor o peor que la otra, ya que lo ideal es que cada uno viva de acuerdo a lo que le haga más feliz. El problema es que en la película, tal y como nos pasa a nosotros, el precio de mantener este orden social son unas normas estúpidas e inhumanas. Las comidas, que tienen una sexualidad, también, igual a la que podemos tener nosotros, deben contenerse y frenar sus instintos porque en el paraíso es cuando deben dejarse llevar. Por supuesto, recuerda a los sacrificios que las religiones que conocemos imponen como método para llegar a la vida que hay después de la muerte.

Otro elemento vital en la película es cuando Frank trata de hacer ver a los demás que les están mintiendo. Incluso les enseña pruebas, un libro de cocina que muestra cómo acabarán todos. Y nadie le quiere creer. El símil es evidente: Hoy en día la ciencia contradice en muchos aspectos a la religión. Y, en el fondo, esto es estúpido, ya que no se puede combatir la fe, que es algo que da esperanza, con datos o pruebas, ya que por muy verídicos que sean no aportan calidad de vida: condenan a todos y no aportan alternativa, a priori.

Pero no nos olvidemos que estamos viendo una película de dibujos animados. Nosotros no nos podemos revelar contra los dioses, pero ellos en una divertida escena sí ponen en jaque a los humanos. Por supuesto, momentáneamente. Y es en este preciso instante cuando surge uno de los momentos más curiosos y divertidos, pero que también aporta una reflexión. Se trata de una orgía bestial entre todas las comidas. Ya están liberadas, no hay paraíso ni religión y se entregan por completo a sus deseos y pasiones. Es especialmente divertido ver como dos comidas, una palestina y otra israelí, que se pasan la proyección peleadas, se lanzan a la pasión desmedida una vez comprueban que lo que les separaba no es que fuera absurdo, es que era inexistente.


Tanta filosofía no se hace pesada, ya que la película va cogiendo ritmo a medida que avanza. Es entretenida y tiene momentos de mucho humor, en los que se nota la mano de los creadores de Supersalidos o Superfumados. Parecía evidente que La fiesta de las salchichas no iba a ser una película más de dibujos animados. Como mínimo, parecía una burla a las típicas pelis para niños. Pero, la verdad, era poco probable esperar tanta reflexión y tanta buena idea. Es un proyecto muy logrado.  

jueves, 18 de septiembre de 2014

Boyhood: Saltando entre minas con una sonrisa


       Casualmente, las películas que algunos califican como que "no van de nada", suelen ser las que van de más cosas. Al menos, son en las que se tocan los temas más profundos (huyendo de la acepción cursi del término). "Boyhood" es un película que no va de nada, sino que va de todo. Huye del pack "planteamiento, desarrollo o desenlace", para situarse en un plano más teatral. El director, Richard Linklater, coloca a los espectadores detrás de una gran mirilla, en este caso la pantalla de cine, y les deja ver tan solo un fragmento de la vida de una familia. En este caso, el inicio y el final no tienen la relevancia de otras proyecciones;  podrían haber sido otros, ya que aunque juntos cierran un círculo, ese círculo podría haber sido compuesto de otra forma.

       La parte curiosa, y que tanta fama a dado al filme, es que ha sido rodada durante doce años. Sin duda, actúa y actuará como elemento comercial que atraerá a muchos y les hará ir al cine (mi caso, sin ir más lejos). Sin embargo, cuando la película coge forma no es este poco habitual dato lo que la hace grande. O sí, es cierto que ayuda, pero tan solo es un factor positivo en lo que para mí es la gran virtud del proyecto: La verosimilitud. O credibilidad, me da igual como llamarlo. 

       Lo que para mí hace de Boyhood una de las alegrías cinéfilas del año es que consigue ese objetivo tan costoso para los que se plantean hacer películas: Es muy verdadera, sin tapujos, te atrapa y te lo crees.  Además, te emociona y te hace sentirte identificado. Puedes haber vivido una vida parecida o no a la de los protagonistas, poco importa. Otro éxito, que el espectador se vea reflejado. Y si no es un reflejo en primera persona, será en tercera, pero sabes que de que lo que se habla es una realidad tan grande como la vida misma. Y, a la vez, tan pequeña, ya que cabe en esa misma sala, en cualquiera de los espectadores.

     Querría hacer una mención especial al protagonista. Mason (Ellar Coltrane), logra encarnar con sensibilidad el crecimiento, la madurez, el descubrimiento de la vida adulta, los desengaños amorosos, los vaivenes de la vida familiar, el sufrimiento por la separación de los padres y el miedo ante el porvenir. No me querría olvidar del padre del protagonista. El actor, Ethan Hawke, consigue alcanzar una dosis altísima de credibilidad. Además, mi percepción fue que su presencia en pantalla suponía un soplo de aire fresco en la narración, es decir, ponía cómodos tanto a los espectadores como a los personajes.

       El mensaje de la película es que, más que aprovechar el momento, el momento se aprovecha de ti. A partir de esa premisa, los humanos nos volvemos supervivientes. Huímos del terror, del miedo, de la infelicidad; y nos toca hacerlo en un terreno lleno de minas, en el que es casi imposible no pisar ninguna. Pero, a pesar de que somos conscientes de que no llegaremos al otro lado del campo minado, seguimos saltando entre explosiones, y todavía intentamos tener una sonrisa entre salto y salto.

domingo, 1 de junio de 2014

True Detective, mucho más que una historia de detectives



Tras finalizar el octavo y último capítulo de True Detective no salgo de una sensación que creo que puede ser compartida por muchos: en las series se está haciendo mejor cine que en el cine. Todo lo que hizo grande a sentarse a ver una película está concentrado en True Detective. Por cierto, va a ser complicado que a partir de ahora cuando digan “serie” yo no piense en “True Detective”.
No obstante, no busco hacer un análisis acerca de la crisis cinematográfica o de la correlación serie-película. Quiero contar la historia de una serie que puede pasar a la Historia. True Detective cuenta la historia de dos policías que durante 17 años investigan un caso de asesinato y desaparición de menores en extrañas circunstancias.
Los personajes, los actores, sus circunstancias: Quien espere una serie de acción pura y dura puede dejar de leer. Ni Rust (Matthew Mcgonaghey) ni Marty (Woody Harrelson) son James Bond. Ojo, encontramos tres situaciones de acción de una calidad incuestionable. Pero no, no va de eso. La serie está basada en lo que para mí es un principio incuestionable de toda obra cinematográfica: personajes ricos en cuanto su mundo interior, bien construidos, sin fisuras, con evolución a lo largo de la proyección, que emocionen, que sean imperfectos como la vida misma. Además, se complementan que da gusto. Uno es escéptico, reflexivo, huraño, nihilista, diferente y justiciero. Otro es familiar, religioso, típico americano acomodado, duro y algo simple. Les une algo, además del caso: ambos necesitan sacar fuera todo lo que llevan dentro. Es difícil quedarse con una de las interpretaciones o con uno de los dos personajes. Ambas interpretaciones son de Oscar, y ambos personajes son legendarios. Destaco de Mcgonaghey su definitivo salto al estrellato siendo para mí la sorpresa del año (no olvidemos Dallas Buyers Club) y el deseo de que se quede. Pero la mención a Harrelson ha de ser contundente: pocas veces he visto a un actor expresar tan bien emociones tan diferente y, sobre todo, tan ocultas en la esencia humana. Su fisionomía se convierte en su arma para transmitirnos lo que es.
Segundo principio incuestionable: el guion: Digno de un Oscar. Filosofía a raudales, desprende inteligencia y cotidianidad, aborda la esencia de la existencia, es todo un manual religioso y antireligioso a la vez. Nos pone la piel de gallina y nos saca los ojos de las órbitas. Es curioso como uno acaba deseando que se metan en el coche de una vez y comiencen a hablar. Pone palabras a sentimientos y reflexiones que todos hemos podido haber tenido pero jamás hemos atrevido a lanzar en voz alta.
Narrativamente prodigiosa: Nic Pizzolato sabe controlar los tiempos. No me refiero con esto al tan utilizado recurso de dejar al espectador con la boca abierta. En esta serie no es necesario nada así, ya que se mueve al ritmo de los latidos vitales de sus personajes. Usa el flashback de forma tan entendible para el espectador que asusta. Además, no es un extra prescindible, es parte un entramado que en la mente del espectador es claro y continuado. Los datos se revelan de forma progresiva, se trata de pequeñas pinceladas o de sorbos que el espectador agrade. Son 8 capitulos de 1 hora. Da la sensación de estar viendo una película de 8 horas, como si ves los tres Padrinos a la vez.
No busca ser original ni romper esquemas: Los guionistas saben de sobra que todo está contando ya y que ahí no van a encontrar un gran nicho de mercado. La historia del arte y la cultura se basa en repetir muchas veces los mismos sentimientos y las mismas sensaciones como si de una vida cíclica se tratase. El estilo, ese gran aliado de unos pocos, es lo que marca la diferencia entre True Detective y CSI, por ejemplo. El estilo y la forma, el cómo es la clave para contar una historia. Woody Allen ha estado 40 años contando la misma historia en el cine con distintos personajes y distintas situaciones. El Padrino cuenta la historia de una tragedia como hace Shakespeare. True Detective cuenta su historia y la cuenta genial, nos la creemos y nos identificamos con ella.
El escenario, idílico: Louisina, como tantas veces escuchamos en la serie con un cerrado acento estadounidense, está excesivamente bien elegido. Junto con Nueva York, el sureste de Estados Unidos es lo que más me atrae personalmente. Y mira que son lugares diferentes. Me atrae la herencia del antiguo oeste, comprobar la penosa transición que ha habido de una época a otro. Como un país ha avanzado a costa de otros, queda reflejado. El s.XIX no se va ni con la llegada del XXI, al menos del todo. Incultura, religión llevada hasta el extremo de predicadores ambulantes, pobreza. Un desierto húmedo, tierra, campo, un pasado incrustado en el presente. Si nos gusta tanto el escenario es, en parte, gracias a la parte técnica.
Audiovisualmente inteligente: Planos secuencia abrumadores, la serie está bien contada y bien situada gracias a que técnicamente es maravillosa. Nos pone en contexto con esos grandes planos generales de césped o lagos. Nos lleva a lo más profundo de los personajes con las elecciones de los planos a los actores. La cámara se mueve de forma inteligente, en definitiva. Musicalmente, otra delicia, desde el tema inicial a cada uno de los acompañamientos musicales.
El final: Que no revelaré, obviamente. Tan solo me gustaría aclarar que me guste porque no es extraño, es el que tiene que ser, tal y como afirmaba Carlos Boyero. Es un final humano, lógico, imperfecto, que deja cosas en el aire. ¿Por qué si en la vida muchas veces hay cosas que no entendemos o sabemos, en la ficción hemos de estar enterados de cada detalle? Siempre he defendido el punto ciego, es decir, el punto en el que la obra se nos pierde por mandato expreso del autor. Y, otra cosa, pretender que en la ficción todos, y recalco TODOS los malos pillados es poco menos que un absurdo cuando en la realidad vemos todos los días lo contrario.