sábado, 24 de septiembre de 2016

Paco Paesa, o las nuevas marismas de Alberto Rodríguez



Para el director de cine Alberto Rodríguez va a ser complicado evitar las comparaciones entre su éxito de hace dos años, La isla mínima, y su último estreno, El hombre de las mil caras. El triunfo en taquilla, los premios y la crítica que aunó su obra más reconocida está todavía muy presente, y es inevitable que la gente vaya al cine y espere encontrar algo similar. Y eso que, realmente, ambas películas tienen poco que ver.

Tan solo se puede encontrar una coincidencia en que las tres últimas películas del director sevillano son una curiosa crónica de la España que sale de la dictadura y entre en la democracia. Un reflejo necesario de los 80 y los 90. Tanto en La isla mínima como en Grupo 7 o en El hombre de las mil caras se cuestiona si, a pesar del cambio político, esto ha tenido una verdadera repercusión en la vida de la gente. La corrupción, los excesos policiales o la impunidad de los de siempre son elementos presentes en sus tres últimos proyectos.

Pero hasta aquí las coincidencias. La principal diferencia es que en La isla mínima el ambiente lo genera el escenario y en El hombre de las mil caras el ambiente lo genera Francisco Paesa. Esta película cuenta una versión propia de la huida del prófugo más buscado de la democracia española, Luis Roldán, el que fue director de la Guardia Civil y que robó 1500 millones de pesetas de los fondos reservados de la institución que dirigía. Francisco Paesa, Paco, es un espía – y muchas otras cosas- que ayuda a Roldán a escapar y al que, posteriormente engaña, quedándose con su dinero.



La isla mínima es una película coral, en la que, es cierto, Javier Gutiérrez está espectacular. Pero también lo están Raúl Arévalo o Antonio de la Torre. Creo que este film marcó a los espectadores, sobre todo, por el uso de las marismas y el ambiente que generaba. La película transcurre en este lugar del Guadalquivir, y existe un cerco invisible que marca a los personajes. No sucede nada parecido en la película que se ha estrenado ahora. Los lugares son diversos, cambian a gran velocidad. El ambiente en la historia no lo dicta el punto geográfico, sino Eduard Fernández. O sea, Paco Paesa.

El actor catalán encarna perfectamente a este pícaro y consigue que el espectador se quede con la boca abierta. Apuesto por el Goya para él, porque vuelve a poner al espectador en una tesitura clásica pero vital: ¿El malo es el bueno? ¿El malo, es malo, pero me da igual? ¿Es el más inteligente de los malos?

Aunque el mérito es compartido. Por supuesto, el principal mérito es del propio Paesa, ya que su vida es novelesca en sí. Y los españoles volvemos a encontrarnos con nuestro feo reflejo, con nuestros complejos agigantados y los clichés por los aires. Roldán resume su historia cuando asegura que él solo hacía lo que hacían todos los demás. Y, los demás, terminamos de cerrar el círculo cuando vemos a Paesa como el puto amo.

Por lo demás, a diferencia de otras críticas que he leído, para mí Alberto Rodríguez sí que consigue simplificar una historia complicada de contar. No hay que olvidar que hay asuntos que todavía no están claros y que los asuntos judiciales o los entramados empresariales son complicados de explicar. Pero la técnica de que José Coronado, el piloto de la película, cuente en voz en off lo básico y ponga en contexto al espectador, me parece acertado.  


martes, 20 de septiembre de 2016

¿Humanos o bailarines?

Crítica de la novela de Haruki Murakami Baila, baila, baila



Es posible que existan aprendizajes de los que solo se pueda ser consciente por medio de la ficción y, en especial, de la literatura. "La ficción salva, la realidadmata. Pero necesitamos ambas para vivir". Es una frase del escritor Javier Cercas, muy repetida en su novela El Impostor. Estas palabras me llevaron a la idea de que ese complicado propósito humano que es vivir en el presente –pues constantemente nos encontramos en el pasado y en el futuro- a veces es solo posible a través de la ficción.

Es irónico que cuando salimos de nuestra cabeza sea cuando más conscientes seamos, precisamente, de lo que esta quiere y necesita. Somos capaces de escucharnos. Es cierto que esto sucede en gran medida porque nuestra voz interna calla al estar atenta a una historia –lo que, por cierto, viene genial- pero también sucede que en los libros, encontramos respuestas. Respuestas para nuestro presente. A mí me ha pasado esto con Baila, baila, baila del escritor japonés Haruki Murakami.

Quizás no sea esta su mejor novela, pero sin duda ha sido la más trascendente en mí. La novela cuenta la historia de un hombre que se siente perdido, y en él podemos observar sensaciones por las que todos hemos pasado alguna vez: apatía, frustración o añoranza.

Puede parecer sencillo crear personajes con los que la gran mayoría se sienta identificado, y en cambio es una de las más arduas tareas de un escritor. Murakami suele dar en el clavo y este caso no es una excepción. Y a pesar de las agrias sensaciones por las que pasa el personaje, no se trata de una novela triste. De hecho, creo que es una de sus historias más positivas. La vida de los personajes consigue fluir y brotar a través del drama y la complicación, lo que por cierto le da un gran baño de realidad.

Esta historia es la historia de un viaje. Pero sin planificación alguna. Es el viaje de la vida, por el que todos debemos pasar obligatoriamente mientras estemos por aquí. Murakami cuenta con su peculiar mezcla de ficción y realidad lo necesario que es a veces que nos dejemos llevar. Sin saber muy bien a qué lugar llegaremos, pero con la certeza de que el camino es la única salida: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.

Caminar, o bailar, según se tercie. Baila –dijo el hombre carnero-. No dejes de bailar mientras suena la música. ¿Lo entiendes? Baila. No dejes de bailar.” Es la frase que, para mí, resume la novela. Por cierto, es una frase –y un significado- que me recuerda mucho a la canción Human de The Killer: “¿Are we human or are we dancers?”. ¿Somos humanos o meros bailarines en un mundo que no deja de sonar? Como en las grandes cuestiones, la respuesta a la pregunta suele ser la misma pregunta.



Me gustaría destacar, también, la presencia que tiene el pasado en la novela. El protagonista decide acudir al Hotel Delfín, un lugar en el que estuvo en el pasado y con el que, sin mayor explicación, se siente conectado y tiene la necesidad de volver. Es condición necesaria para empezar su viaje, un viaje del que ni si quiera es consciente todavía.

Es sin duda una manera que tiene el autor de decirnos que es necesario que cerremos las heridas con nuestro pasado para poder avanzar. Siempre he creído cierta la frase que dice Sabina en Peces de Ciudad: “Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Lo creo porque segundas partes nunca fueron buenas – excepto El Padrino II-. Quizás, la frase que debería preceder a la anterior sería aquella que dijera solo un lugar será feliz si te sientes en paz con él. No busquen la autoría de esta frase, me la acabo de inventar.




jueves, 18 de septiembre de 2014

Boyhood: Saltando entre minas con una sonrisa


       Casualmente, las películas que algunos califican como que "no van de nada", suelen ser las que van de más cosas. Al menos, son en las que se tocan los temas más profundos (huyendo de la acepción cursi del término). "Boyhood" es un película que no va de nada, sino que va de todo. Huye del pack "planteamiento, desarrollo o desenlace", para situarse en un plano más teatral. El director, Richard Linklater, coloca a los espectadores detrás de una gran mirilla, en este caso la pantalla de cine, y les deja ver tan solo un fragmento de la vida de una familia. En este caso, el inicio y el final no tienen la relevancia de otras proyecciones;  podrían haber sido otros, ya que aunque juntos cierran un círculo, ese círculo podría haber sido compuesto de otra forma.

       La parte curiosa, y que tanta fama a dado al filme, es que ha sido rodada durante doce años. Sin duda, actúa y actuará como elemento comercial que atraerá a muchos y les hará ir al cine (mi caso, sin ir más lejos). Sin embargo, cuando la película coge forma no es este poco habitual dato lo que la hace grande. O sí, es cierto que ayuda, pero tan solo es un factor positivo en lo que para mí es la gran virtud del proyecto: La verosimilitud. O credibilidad, me da igual como llamarlo. 

       Lo que para mí hace de Boyhood una de las alegrías cinéfilas del año es que consigue ese objetivo tan costoso para los que se plantean hacer películas: Es muy verdadera, sin tapujos, te atrapa y te lo crees.  Además, te emociona y te hace sentirte identificado. Puedes haber vivido una vida parecida o no a la de los protagonistas, poco importa. Otro éxito, que el espectador se vea reflejado. Y si no es un reflejo en primera persona, será en tercera, pero sabes que de que lo que se habla es una realidad tan grande como la vida misma. Y, a la vez, tan pequeña, ya que cabe en esa misma sala, en cualquiera de los espectadores.

     Querría hacer una mención especial al protagonista. Mason (Ellar Coltrane), logra encarnar con sensibilidad el crecimiento, la madurez, el descubrimiento de la vida adulta, los desengaños amorosos, los vaivenes de la vida familiar, el sufrimiento por la separación de los padres y el miedo ante el porvenir. No me querría olvidar del padre del protagonista. El actor, Ethan Hawke, consigue alcanzar una dosis altísima de credibilidad. Además, mi percepción fue que su presencia en pantalla suponía un soplo de aire fresco en la narración, es decir, ponía cómodos tanto a los espectadores como a los personajes.

       El mensaje de la película es que, más que aprovechar el momento, el momento se aprovecha de ti. A partir de esa premisa, los humanos nos volvemos supervivientes. Huímos del terror, del miedo, de la infelicidad; y nos toca hacerlo en un terreno lleno de minas, en el que es casi imposible no pisar ninguna. Pero, a pesar de que somos conscientes de que no llegaremos al otro lado del campo minado, seguimos saltando entre explosiones, y todavía intentamos tener una sonrisa entre salto y salto.

viernes, 1 de agosto de 2014

Cien años de soledad, una prótesis humana hecha de papel



       Cien años de soledad es la novela que más se parece al ser humano. Toca da uno de los enigmas y puntos oscuros que rodean a la condición humana. Es posible que otras novelas presenten mayor claridad al expresar algunos de estos enclaves. Sin embargo, se ven favorecidas al no perseguir el objetivo de esta obra: Destripar al ser humano y dejarle desnudo frente al destino y al porvenir. Una prótesis, o extensión de la persona hecha de papel surge del fallecido Gabriel García Márquez, que deja una de las grandes obras maestres de la humanidad.
       Cuando uno se enfrenta a hablar de una obra tan leída y de la que se ha escrito tanto, corre el peligro de repetirse o contar algo en boca de otros. Son de sobra conocidos los temas principales de la novela: la soledad, el incesto, el destino y, añadiría yo, la realidad histórica. El poso que deja el libro es verdaderamente complicado de afrontar, si lo que uno busca es poner palabras que describan. Se trata de algo parecido a hacer un análisis sobre la Biblia, con todos los respetos. Sin embargo, hay ciertas premisas que para mí son claves a la hora de comprender el texto.
          La soledad intelectual: Desde el comienzo de la novela, he tenido la sensación de que cualquiera que se saliera del guion establecido lo tendría complicado para sobrevivir. Se puede ver con José Arcadio Buendía, patriarca y fundador de Macondo. El mensaje que se lanza es muy claro: Aquel que intente alcanzar un nivel superior de conocimientos, aquel que busque explicaciones más allá de las creencias exóticas, aquel que se interese por la ciencia y la investigación, está condenado a la más cruel soledad, tanto intelectual como física. Es muy significativo que este personaje acabe atado a un árbol hasta que muere. Esta tendencia se repite en la novela con otros descendientes: Se crea alrededor de Melquíades, gitano y exportador de conocimientos, una soledad bestial. Es más, no sólo es la casa el enclave de soledad; dentro de la propia casa, los descendientes que se interesan por la herencia de Melquíades se ven en una burbuja de soledad inquebrantable. El cuarto cerrado con candado. El candado al cerebro, a la inteligencia. Toda una metáfora de una realidad histórica.
          La soledad amorosa: Los Buendía están solos porque no saben amar. Son parte de esa gente que todos vemos a nuestro alrededor que no solo no cree en el amor, sino que busca reducir a la mínima expresión cualquier signo de cariño por parte de los demás. En varias generaciones no encontramos una sola unión que sea por pasión. Casi toda la descendencia es generada por adulterios y prostitución. El mensaje es que la pasión se encuentra fuera de la vivienda, mientras que dentro todos sus habitantes se sienten solos y maniatados. 

          El incesto como expresión cultural: Una familia que no vive como familia, que las estructuras sociales no establecen igualdad, sino superioridad y visiones complejas entre miembros. Así nace el incesto. Tías y sobrinos que nunca llegan a verse como tal, porque la sociedad, nadie en su familia, les explica el rol que cada uno debe tener. En cambio, el oscurantismo y los prejuicios ejercen de lanzadera entre seres que solo tienen una visión sexual o de dominación hacia el otro. El instinto animal nace cuando la cultura se ve en su mínima expresión. Se produce un pequeño “Gran Hermano”: un estudio sociológico, en el que dos familiares que no saben que lo son se ven obligados a convivir. No tarda en aparecer el deseo carnal,  ya que nadie les ha explicado la función que el uno debe tener para el otro.
          Trato masculino y femenino: Desde el principio me sorprendió el hecho de repetir nombres masculinos generacionalmente. Aunque algunos nombres de mujer también se repiten, no se produce tan descaradamente como con los varones. Mi conclusión es que García Márquez busca homogeneizar a los hombres y darles un trato más relevante a las mujeres. “Todos los hombres sois iguales” pero dicho de forma más inteligente. No es que sean iguales, es que el rol que unos imprimen en otros no dista en absoluto. Son seres simples y repetidos por convenciones sociales. Son unos falsos patriarcas, ya que la sociedad es realmente matriarcal. La prueba: Tanto Úrsula como Pilar Ternera viven entre 120 y 150 años. Y en cuento Úrsula muere, comienza la decadencia de Macondo y de la propia casa, aboca al desastre sin alguien con verdadera personalidad y fortaleza interior.
          Un poco de Historia, falta de ideas: Es muy significativo como los liberales, es decir, los llamados a impregnar de ideas nuevas y cambios, están liderados por uno de los personajes más cerrados de la novela. Sin capacidad para amar ni con dotes intelectuales, crea una revolución con el único pretexto de llevar una vida que no tiene el valor de vivir de forma cotidiana. Lo hace por orgullo y por supervivencia. La corrupción y la dictadura encubierta también tienen su espacio, como metáfora de una revolución hecha con las armas antes que con el pensamiento.
         El destino: Cien años de soledad es una novela muy o nada recomendable, según se mire, para los que creen en el destino. Se trata de una rueda que conforme se mueve repite una y otra vez la misma historia hasta que, como dicen en la propia obra, pierde engranaje, se para y no vuelve a rodar más. Los descendientes se ven obligados a repetir la historia de sus ancestros, en este caso de forma exagerada, ya que incluso comparten sus nombres. Es desconsolador el mensaje: Estamos atados de manos y pies, una fuerza interior y/o superior nos controla como si fuéramos marionetas. Todo se nos escapa.

domingo, 29 de junio de 2014

Todo lo que ahora es líquido

       Desde que vio luz la nueva obra de Antonio Muñoz Molina, "Todo lo que era sólido", me ha llamado especial atención todo lo que la ha rodeado. El libro suscitó un polémica medianamente sostenida entre varios intelectuales españoles. Entre ellos, Javier Marías, que se dio por aludido en el ensayo de Muñoz Molina. El escritor critica en su obra a los pensadores españoles, incapaces de prevenir la crisis y, al parecer, dispersos en asuntos de menor calibre. Además, que el autor ganará el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2013, ha puesto más si cabe en auge esta crítica reflexión personal del escritor.

       Aún a la espera de poder leer "Todo lo que era sólido", creo que no estoy alejado de saber el argumento del ensayo: La galopante pérdida de credibilidad de nuestras instituciones, la degradación de la opinión pública, la creciente debilidad de lo que hasta ahora habíamos tomado como básico e inamovible y la pérdida de confianza en los mecanismos que nos podían salvar el pellejo en situaciones límite. La obra ha adquirido bastante relevancia y puede que se convierta en un referente futuro en lo que a la explicación de esta época se refiere.

      Creo ver en Muñoz Molina un intelectual de otra época. Esto no es ni bueno ni malo, solo es así (para mí). Su condición de socialista es incuestionable, y es claramente un persona de izquierdas. En la misma moneda, pero por distinta cara, veo en su figura un antiguo socialista, es decir, muy de los ochenta, muy de Felipe González. Por tanto, muy mucho de los que ahora son considerados "casta" (no hay que olvidar que Muñoz Molina pasa más tiempo en Nueva York que en Madrid) y así, bastante denostado por un amplio público izquierdista.

      No busco hacer una instrospección en el autor, tan solo contextualizarle para así hablar de su obra, y lo que ella genera. Muñoz Molina es, también, una persona que está plenamente a favor del legado de la Transición, de sus valores, de sus logros y virtudes. Es, por tanto, un hombre de consenso, que busca en ocasiones más un interés general que el desarrollo de su propia ideología. Su obra (que insisto, todavía no he leído) recalca bastante este pefil. Este ensayo reflexiona y se pregunta: ¿Por qué? ¿Por qué todo lo que durante 40 años nos ha dado la época de mayor prosperidad en España, ahora no sirve de nada?

      He de decir que esta visión tiene, desde mi punto de vista, luces y sombras. Nadie puede dudar que España no ha tenido esplendor comparable en su penosa historia como ahora mismo. Tampoco nadie puede dudar que los instrumentos que nos hemos dado en esta etapa, han fallado en bloque y hay mucho que reformar y solucionar. Ahora se abren dos vías: La reformista y la revolucionaria. Obviamente, Muñoz Molina apuesta por conservar los cimientos de la casa. Quizás, el problema radique en que los llamados a hacer esa reforma, apuestan por una revolución. Pero el problema no lo tienen ellos. Lo tienen los propietarios de la casa, que, lejos de hacer una reforma, se limitan a darle una capa de pintura, de un azulado similar al anterior. 

      Y, dado que ahora, por suerte para algunos y para desgracia de otros, ya nada es sólido, todo se transforma en líquido. Y esto tiene dos vertientes. La primera es la peligrosa, de la que ya hemos hablado por encima: el desastre, la pérdida de confianza en todo y en todos, la caída de imperios, de gigantes, de torres altas allá donde pases. Si uno empieza a andar por la Gran Vía de Madrid, no podrá dejar de ver instituciones que han caído en el descrédito.

       La otra vertiente es positiva. Algunos pensarán que demasiado, que es ilusa, que es excesivamente motivadora. Pero yo la veo real, y la veo de necesaria transmisión entre los más jóvenes. Si ahora ya nada es sólido, es que ahora todo es líquido. Y si todo es líquido, es frágil, todo es accesible, entonces. Las barreras caen, y si las esquivas, puedes atravesarlas y crear tus propios cimientos. Pongo un ejemplo. Un joven estudiante de Periodismo crece leyendo "El País". Llega un día en el que este joven deja de sentirse identificado con el diario. En ese momento, lejos de pensar que el Apocalipsis se avecina, debe darle otro enfoque al asunto. 

      El periódico que dirige Juan Luis Cebrián está arruinado, depende de los bancos, y cada día tiene menos credibilidad. Lógicamente, el joven estudiante no puede fundar un periódico acorde a lo que cree que debe ser la prensa progresista en su país. Pero tampoco debe descartar que eso un día suceda, vía papel o Internet, ese es un debate estéril, de forma y no de contenido. Debe pensar que el hecho de que todo sea alterable, o mejor dicho, haya sido alterado y desbancado por los errores propios, le otorga a él un inmenso poder. Le da el poder de cambiar las cosas, de inmiscuirse, de crear y de solucionar. Le da la opción de participar. No es optimismo, es una nueva oleada de ilusión.


viernes, 6 de junio de 2014

Enrique Ortiz, culpable principal del descenso del Hércules



EDITORIAL DE LA REDACCIÓN DEL HÉRCULES EN VAVEL. DEBIDO A QUE EL MEDIO NO HA QUERIDO PUBLICARLO, USAMOS ESTE BLOG COMO VÍA. 
Firmado: Javier Rubio, Daniel Rodríguez, Leandro Ortiz y Marcos García. 


       Hay clubes de fútbol que tienen “bicefalia”, es decir, que dos máximos representantes pelean por ser la cabeza visible que toma las decisiones. Otros, tienen incluso más personas que toman el mando. Por tanto, a la hora de pedir responsabilidades, la afición debe repartir la culpa entre distintos elementos. En Alicante, nadie puede discutir que  las decisiones primordiales las haya tomado otro que no sea Enrique Ortiz. 15 años lleva haciendo y deshaciendo a su gusto en el Hércules. 

       Tres procesos concursales en 15 años. Con Ortiz, el Hércules quiebra cada 5 años. Es el único equipo europeo que ha vivido  tres procesos concursales. Este último ha dejado una deuda de 60 millones de euros. Esta deuda ha sido generada con una política de gasto excesivo. Tan excesivo, que se ha gastado mucho más de lo que se tenía. A pesar de esta evidente crisis de gestión de club, Ortiz se ha permitido el lujo de pedir de forma bobalicona a los herculanos “1500 euritos” para que él deje a un lado su proceso de hundimiento de la nave blanquiazul.

       Qué decir del proyecto deportivo. Ya no se puede decir la frase: “Ortiz nos salvó”, ya que su gestión ha llevado al Hércules al punto de partida. El Hércules es de 2ºB. Y lo es sin proyecto y casi sin futuro, por culpa de un convenio de acreedores inasumible para la entidad  que firmó el ex presidente García Pitarch. Este último, es uno de los muchos bandazos que Ortiz ha dado. Juan Carlos Mandía, Esteban Vigo, Sergio Fernández, Pitarch o Quique Pina han sido las caras principales en materia deportiva en los últimos años. Unos con mejores resultados que otros. Pero siempre con la larga sombra de Ortiz de fondo, haciendo y deshaciendo, sin dejar trabajar a los profesionales. Con contratos excesivamente largos o cortos, según se levantase esa mañana. Con mayor o menor responsabilidad en el club, según su humor le indicase. Y Portillo, que nadie se olvide de su yerno, al que trajo para echar por tierra uno de los pocos buenos proyectos que se han visto en Alicante: el de Sergio Fernández.

       Salvo algunas excepciones, cada vez que el Hércules salía en el panorama informativo nacional la afición se echaba a temblar. Escándalos de corrupción y amaños han manchado la historia del Hércules. Ni el tan deseado ascenso a Primera División pudo disfrutar la afición. Una conversación telefónica grabada a Enrique Ortiz mostraba como el máximo mandatario herculano pudo cometer irregularidades para ascender. Dicha grabación se realizó dentro de la Operación Brugal, trama de corrupción en la que Ortiz está implicado junto con el Ayuntamiento de Alicante, al igual que también ha sido relacionado con el Caso Gürtel.

       Y las instituciones, que nadie se olvide de ellas. Que a nadie se le ocurra pedir un comprador para el Hércules. El club dejó de pertenecer a Ortiz con la ampliación de capital realizada hace tres años. A día de hoy, la Fundación del Hércules es la que tiene el accionariado máximo, eso sí, con hombres de confianza de Ortiz como patronos. Sin embargo, ¿de dónde salió el dinero para hacer la ampliación de capital? De la Generalitat, señoras y señores. De un préstamo del IVF. Es decir, dinero público que no se ha devuelto y que nadie parece decidido a reclamar. ¿No será que el Hércules es de todos los valencianos y las valencianas? ¿Por qué nadie reclama lo que es suyo? ¿Por qué no se interviene la gestión de un club que va camino de la ruina y que al mismo tiempo ha sido financiado con dinero público? 

       Por tanto, desde esta redacción reclamamos a los políticos, tanto a los que gobiernan como a la oposición, que pongan toda su voluntad en salvar un club de fútbol de más de 90 años. Además, ya no es solo una cuestión sentimental, dinero público está en juego en una época de crisis en la que se recorta incluso lo más elemental. Casos como este no hacen más que dividir a la ciudadanía y crear brechas sociales. Desde la redacción del Hércules en VAVEL nos sumamos a la campaña #PorUnHérculesLimpio y animamos a todos los herculanos a acudir al partido que enfrentará a un descendido Hércules con el Barça B, el sábado a las 18:30.

domingo, 1 de junio de 2014

True Detective, mucho más que una historia de detectives



Tras finalizar el octavo y último capítulo de True Detective no salgo de una sensación que creo que puede ser compartida por muchos: en las series se está haciendo mejor cine que en el cine. Todo lo que hizo grande a sentarse a ver una película está concentrado en True Detective. Por cierto, va a ser complicado que a partir de ahora cuando digan “serie” yo no piense en “True Detective”.
No obstante, no busco hacer un análisis acerca de la crisis cinematográfica o de la correlación serie-película. Quiero contar la historia de una serie que puede pasar a la Historia. True Detective cuenta la historia de dos policías que durante 17 años investigan un caso de asesinato y desaparición de menores en extrañas circunstancias.
Los personajes, los actores, sus circunstancias: Quien espere una serie de acción pura y dura puede dejar de leer. Ni Rust (Matthew Mcgonaghey) ni Marty (Woody Harrelson) son James Bond. Ojo, encontramos tres situaciones de acción de una calidad incuestionable. Pero no, no va de eso. La serie está basada en lo que para mí es un principio incuestionable de toda obra cinematográfica: personajes ricos en cuanto su mundo interior, bien construidos, sin fisuras, con evolución a lo largo de la proyección, que emocionen, que sean imperfectos como la vida misma. Además, se complementan que da gusto. Uno es escéptico, reflexivo, huraño, nihilista, diferente y justiciero. Otro es familiar, religioso, típico americano acomodado, duro y algo simple. Les une algo, además del caso: ambos necesitan sacar fuera todo lo que llevan dentro. Es difícil quedarse con una de las interpretaciones o con uno de los dos personajes. Ambas interpretaciones son de Oscar, y ambos personajes son legendarios. Destaco de Mcgonaghey su definitivo salto al estrellato siendo para mí la sorpresa del año (no olvidemos Dallas Buyers Club) y el deseo de que se quede. Pero la mención a Harrelson ha de ser contundente: pocas veces he visto a un actor expresar tan bien emociones tan diferente y, sobre todo, tan ocultas en la esencia humana. Su fisionomía se convierte en su arma para transmitirnos lo que es.
Segundo principio incuestionable: el guion: Digno de un Oscar. Filosofía a raudales, desprende inteligencia y cotidianidad, aborda la esencia de la existencia, es todo un manual religioso y antireligioso a la vez. Nos pone la piel de gallina y nos saca los ojos de las órbitas. Es curioso como uno acaba deseando que se metan en el coche de una vez y comiencen a hablar. Pone palabras a sentimientos y reflexiones que todos hemos podido haber tenido pero jamás hemos atrevido a lanzar en voz alta.
Narrativamente prodigiosa: Nic Pizzolato sabe controlar los tiempos. No me refiero con esto al tan utilizado recurso de dejar al espectador con la boca abierta. En esta serie no es necesario nada así, ya que se mueve al ritmo de los latidos vitales de sus personajes. Usa el flashback de forma tan entendible para el espectador que asusta. Además, no es un extra prescindible, es parte un entramado que en la mente del espectador es claro y continuado. Los datos se revelan de forma progresiva, se trata de pequeñas pinceladas o de sorbos que el espectador agrade. Son 8 capitulos de 1 hora. Da la sensación de estar viendo una película de 8 horas, como si ves los tres Padrinos a la vez.
No busca ser original ni romper esquemas: Los guionistas saben de sobra que todo está contando ya y que ahí no van a encontrar un gran nicho de mercado. La historia del arte y la cultura se basa en repetir muchas veces los mismos sentimientos y las mismas sensaciones como si de una vida cíclica se tratase. El estilo, ese gran aliado de unos pocos, es lo que marca la diferencia entre True Detective y CSI, por ejemplo. El estilo y la forma, el cómo es la clave para contar una historia. Woody Allen ha estado 40 años contando la misma historia en el cine con distintos personajes y distintas situaciones. El Padrino cuenta la historia de una tragedia como hace Shakespeare. True Detective cuenta su historia y la cuenta genial, nos la creemos y nos identificamos con ella.
El escenario, idílico: Louisina, como tantas veces escuchamos en la serie con un cerrado acento estadounidense, está excesivamente bien elegido. Junto con Nueva York, el sureste de Estados Unidos es lo que más me atrae personalmente. Y mira que son lugares diferentes. Me atrae la herencia del antiguo oeste, comprobar la penosa transición que ha habido de una época a otro. Como un país ha avanzado a costa de otros, queda reflejado. El s.XIX no se va ni con la llegada del XXI, al menos del todo. Incultura, religión llevada hasta el extremo de predicadores ambulantes, pobreza. Un desierto húmedo, tierra, campo, un pasado incrustado en el presente. Si nos gusta tanto el escenario es, en parte, gracias a la parte técnica.
Audiovisualmente inteligente: Planos secuencia abrumadores, la serie está bien contada y bien situada gracias a que técnicamente es maravillosa. Nos pone en contexto con esos grandes planos generales de césped o lagos. Nos lleva a lo más profundo de los personajes con las elecciones de los planos a los actores. La cámara se mueve de forma inteligente, en definitiva. Musicalmente, otra delicia, desde el tema inicial a cada uno de los acompañamientos musicales.
El final: Que no revelaré, obviamente. Tan solo me gustaría aclarar que me guste porque no es extraño, es el que tiene que ser, tal y como afirmaba Carlos Boyero. Es un final humano, lógico, imperfecto, que deja cosas en el aire. ¿Por qué si en la vida muchas veces hay cosas que no entendemos o sabemos, en la ficción hemos de estar enterados de cada detalle? Siempre he defendido el punto ciego, es decir, el punto en el que la obra se nos pierde por mandato expreso del autor. Y, otra cosa, pretender que en la ficción todos, y recalco TODOS los malos pillados es poco menos que un absurdo cuando en la realidad vemos todos los días lo contrario.